Vi el papelito tirado en la calle. “¡Ven a Italia con nosotros y paga tu estancia con trabajo!” ¡Ah, no pues mish!, ¡’quitun güevo si no!, pensé. Hastabajo, en letras chiquititas decía: “Imprescindible conocimientos de arte. Duración: dos semanas”. Puta, yo le saqué un ochentón a Dedoecaca, el tícher de Artes Plásticas en el INVAL. Me fui corriendo a la casa, volví a “retocar” mi CV (como cuando jalé para el continente africano) y lo mandé en dos vergazos. Incluí que era sobrino de uno de los dueños de Al Macarone y que me segundo apellido era Pezzarossi, para que no dudaran del manejo de mi italiano. ¡Volare, oh, oh; cantare, oh, oh, oh…! Como ven, yo no miando con babosadas. La onda es que necesitaban mara para la Bienal de Arte de Venecia. Eso decía en el papel pisado que me mandaron a los tres días. Era mi oportunidá para saltar a la fama. Esa misma tarde compré unos formatos y me puse a hacer un mi paisaje con la ya vieja y conocida técnica del “puntillismo”, la cual domino ya que mis Carioca siguen intactos y porque me sobra tiempo en puta para estar entrenido en esas mierdas. No me habían dicho que sí, pero yo me estaba adelantando, por si las moscas. Leí que si me aceptaban, me iba a mandar el boleto, la dirección del hotel y un carnet de identificación para recoger mi “equipo de trabajo”. Mejor, pensé, así no tengo que andar cargando mi tablero ni mi regla T. Cuando sentí, ya me habían aceptado. Lo único que tuve que pagar fueron los gastos de envío y un seguro contra “accidentes laborales”. Ni que me fuera a ensartar el compás en el culo, ¿verdá vos Cataví? Aunque el arte no es mi fuerte, sé que poniéndole güevos y zampándome un par de guaros, las mierdas salen. Como lo que hizo aquea mulamalteca que fue a Venecia, se enpelotó y anduvo así, de arriba para abajo, enseñando sus encantos. Resultado: un su premio. ¡Eso lo ‘biera hecho la Chon por veinte pesos y una cajetía de Payasos! Yo no iba a hacer lo mismo, para eso llevaba mis formatos y una manualidá “sorpresa”, hecha con paletas de helado y lana de colores.
Cuando íbamos a llegar, oí que el ariopuerto se llamaba Marco Polo y se me ocurrió decirle a la vieja que llevaba al lado: como los heladitos, ¿vaá usté? La muy zorra ni me alzó a ver. Vos te lo perdés, chula, pensé. Aterrizamos, recogimos los chunches, salimos, nos metieron en un barco y nos llevaron a la mera Venecia. ¡Cuál sería mi susto! No había carros ni carreteras. El agua se lo había tragado toditito. ¡¿Por qué repisados no le avisan a uno del mal tiempo?!, estuve a punto de gritar. Para empezar, andaba chancletudo; y para acabar de cagarla, ¡bien cabrón para nadar! Abrí bien los ojos. ¡Diosa puta! ¿Y aquí qué onda? ¡Se salió el río, pues!, grité. Un don se me quedó viendo con cara de extrañado. Como soy de mula, si aquí ni papa de español. ¡Mama mía! ¿Qui ondi? ¡El riati se salioti! El don siguió con su cara de jocote marañón y se fue a la verga. Yo, en lugar de andar abriendo la boca, me guié con un mapita que le había peinado a una chava en el barco onde veníanos y llegué a los Jardines de la Bienal. Hice cola como media hora. Vi que a la mara que ya había pasado le estaban dando un casco amarillo, un cincho de los que usan los que hacen pesas y un “mono” de chance, como el de los mecánicos, sólo que rojo. Mi güevo, pensé. Me tocó pasar, llegué a la mesa, me tapé el hocico para decir mi nombre en latín: Rexus Vergus Grandius. La mamita que atendía me preguntó mi talla. Calzo 41, le contesté pensando que me iba a regalar unos rieles. Sacó las chivas que mencioné antes y me las dio. L, per un ragazzo piccolino, creo que dijo y se rió haciéndose la graciosa. Mire seño, le dije, yo no vine para chambiar aquí, ¿okey? Si esto es para salir en un acto, órale, pero si no, olvídese; sí, he salido en un par de convites, pero más que todo soy artista. La chava me dijo que no entendía y me señaló la puerta de salida. Un ecuatoriano se me acercó y me contó la onda. ¡Lo que teníamos que hacer era descargar las mierdas que los artistas llevaban para la Bienal! ¿DESCARGAR MIERDAS, YO?, le dije al pobre cuate, agarrándolo de la chumpa. Como ya había firmado los papeles (que ni le leí bien, a güevos) antes de venirme, no me quedó otra que hacerle ganas y pasar cuatro días bien pisados acarriando mierdas diun lado a otro. Al menos, echaste músculo, ¿no?, me pregunta el talega de Cataví. Le contesto que sí, que me puse algo tatanay, pero que también me salieron un par de buenas hernias.
La noche antes de nuestro último día ahí, como cosa rara, me coloqué una señora talega con los demás cargabultos (latinos, negros, chinos, etc.) que para qué les cuento. Hicimos el ajustón para tres pitsas y el resto para vino de categoría, como Dios y los Cuatro Jinetes del Apocalipsis mandan. Ya a verga, empecé a hablar en inglés (con acento mulamalteco, como no) para que vieran que yo no era cualquier mierda, a gritar a los cuatro vientos que YO era artista (les enseñé a todos mis formatos y mis manualidades) y a armar camote con el que se me pusiera enfrente. Me güevié una canoa de ésas (se llaman góndolas, cerote, me dice Cataví) y casi me voy a hacer verga al Puente del Rialto. ¡Río Alto, Río Alto, jajajaja!, me acuerdo que gritaba. Aqueos se cagaban de la risa de mis muladas. ¡SOY MULAMALTECO Y QUÉ! ¿SABEN ONDE QUEDA MULAMALA, PISADITOS? Los mulas se miraban entre sí y sólo se reían. ¡AQUÍ MIREN VE!, les gritaba y me tocaba el tanate. Y ji ji ji y ja ja ja. Y que vivan las putas. Y ji ji ji y ja ja ja. Y que viva la nostra Venezia. Y que el último que llegue nadando a aquea iglesia, paga. Y que… Alguien le fue dar parte del escándalo a nuestro jefe, un italiano cejudo, chaparro y con cara de lasaña. Me putió el hijo de su madre y me advirtió que si no me comportaba y me iba “inmediatamente” al hotel, no me iban a pagar ni mierda. Mira vos Ramazotti, por pisto no te agüevés, mano. Si el vergueo no es el pisto. La onda es que aquí a uno lo subestiman, viejo. Yo vine aquí para exponer y ¡mirá lo que me ponen a hacer, pues! El maje me dijo que me calmara, que no sabía lo que estaba diciendo. ¿Ah, no?, ¿ah, no?, le decía yo ya como la gran puta. Lo último que miacuerdo que me preguntó fue algo así:
―Pero a ver, ya que insiste, ¿qué sabe de arte? ¿sabe usté algo de Tiziano o de Tintoretto?
—Nel, sólo he oído hablar del Chano y del Beto… Son los mismos, ¿no?
Y aquí otra vez, ya de vuelta, con goma moral y altos cargos de conciencia… ¡onde repisados!
PD. Turuy, ¿conseguistes al fin varitas de coyote pa’ tus barriletes? ¡Ojalá no te me vayás a indigestar de tanto fiambre! Saludos fraternos.
Foto archivo personal © 2007









