
Como veo que no le pusieron mucho coco a la parte anterior, aquí les va la otra, pues... para que no digan que el mierda del Rex los deja picados, jejeje...
EL ELEGIDO (Capítulo TRES)
Fue un sábado cuando la rutina de Bartolo dio un giro de trescientos sesenta grados. Mi viejo, viendo ya la hora que era, volvió a hacer el chiste hueco ese de a ver quién se iba con Bartolo y la gran. Se ofrecieron dos o tres voluntarios, levantando la mano, y Bartolo salió de la cantina con cara de querernos quebrar el culo a todos, pero sin decir ni pío, puro muchachito recién puteado. Lo único que hizo fue jalar mocos y sacarlos en un contundente gargajo verde menta que dejó de adorno en la entrada y que provocó que la Carmen le gritara:
—¡No siás coche Tolo, así ya no te voa querer, hombre!
Encima de la chumpa llevaba una especie de gabardina gigante que le hacía verse medio jorobado y que se la había regalado una doñita de esas que salen hacer caridad y a regalarle chivas a la mara. Ya en la calle, haciéndose el fuerte para no tambalear, apuró el paso. Llevaba las carcajadas y la maltratadera en los oídos. Iba como la gran puta. Antes de llegar a la esquina ya había imaginado cómo podía pegarle un ahuevón a mi viejo por hacerle siempre lo mismo, pero mandó la idea a la mierda. Sin mi viejo, no había guaro gratis. Enfrente estaba El Cuque, pero ahí sabía que mejor ni asomarse. Le debía pisto a la dueña y uno de los hijos ya se la había cantado.
―Aquí mejor ni te acerqués pisado ―lo amenazó la última vez, metiéndole un empujón que casi lo manda a media calle. A Dios gracias, ahí no pasan burras y muy de vez en cuando un carro. Sólo gente a pie y cicles. Es un callejón pisado, oscuro, oscuro.
Se paró en la esquina para ver si nadie lo seguía. Sólo vio a un perro metiendo el hocico en una bolsa de basura y la sombra de alguien caminando en sentido contrario. Respiró profundo y caminó para un parquecito que quedaba a dos cuadras. No tenía cigarros. Se registró las bolsas y sólo encontró una choca. Aunque hiciera frío, el parquecito era una especie de remedio para Bartolo. Había poca luz, una pequeña fuente en el centro, casi en ruinas, unos cuantos cipreses, dos bancas de cemento y un vergazo de monte en los arriates. Había que estar a verga, como Bartolo, para irse a meter al parquecito ese. A la vuelta había un “punto” y ahí mismo, en el parquecito, la mara a veces se juntaba a fumar base y a inyectarse. Si te miraban mal parqueado, te ibas shuco, así de fácil. En fin, la onda es que la verga medio se la pasaba cuando Bartolo se tiraba en el monte a mirar al cielo. Lo curioso era que, fuera como fuera, le costaba un montón quedarse cuajado. Cerraba los ojos, sí, porque la cabeza la tenía zumbando, pero podía pasar más de una hora hasta que más o menos le fuera entrando el sueño.
No habían pasado ni diez minutos, cuando Bartolo oyó que alguien estaba cerca o se acercaba tarareando una conocida canción de Ana Gabriel. Se sentó como pudo, algo arralado. En su chumpa siempre llevaba una navaja. La empuñó sin sacarla y se quedó ahí, quieto, por si las moscas. Vio que alguien se acercaba a donde él estaba, pero no distinguía quién podía ser. Entonces se levantó y, pidiéndole a Dios que no fuera ningún caco, se adelantó a decirle:
—Eh… eh… eh… ¿Qué tal compadre? ¿No tiene un cigarrito por ahí, mano? Mire que yo aquí ando bien pis…
Entonces la figura le dijo que se callara con un shhhhh y se paró a pocos pasos de Bartolo. Cualquiera en su sano juicio habría abierto bien los ojos y, por muy poca luz que hubiera, habría sabido más o menos quién tenía enfrente. Pero en el caso de Bartolo, tampoco era para andar pidiendo milagros. El pobre temblaba, agarraba duro el manguito de la navaja y retrocedía despacio arrastrando sus Fila rotos y desgastados. La figura se rió y se movió un poco para que la alumbrara la luz de la luna. Entonces Bartolo se olvidó de la navaja y, más o menos confiado, se acercó un poco para saber quién era.
—¡Ja ja ja, Tolo! ¡Cagado has de estar del miedo! ¿O qué? ¿Pensabas atacar a una damita como yo? ¡Ja ja ja! ¡Acércate, hombre, soy yo! ¡Qué compadre ni qué ocho cuartos!
Bartolo no lo podía creer. De la rabia, no supo qué decir y se quedó callado. La Carmen y sus babosadas. Menos mal que es esta pisada, pensó y regresó al arriate a sentarse entre el monte. La Carmen lo siguió, dejó caer su bolso y sentó a la par de Tolo. La luna no tenía nubes encima y como ya llevaban tiempo ahí, en los oscuro, todo se veía claro. La Carmen sacó una botella de Venado casi llena, la destapó, le dio un trago y se la ofreció a Tolo. ¿Querés vos? Al pobre le brillaron las pepitas como si estuviera viendo a San Pedro abriendo las puertas del Cielo. Sus manos temblorosas agarraron la botella mientras algo de baba se le empezaba a acumular en los labios. Pero cuando se la iba a llevar a la boca, vino la Carmen y se la arrebató de un solo. Tolo estuvo a punto de sacar la navaja y ensartársela en la cara, pero se aguantó. Entre el disgusto y los días que llevaba sin hartar como la gente, ni fuerzas tenía. La Carmen pegó una carcajada y le dio otro trago a la botella.
—Te voy a decir la verdad, Tolo. Vos me conocés. Yo soy de esas que casi no piden favores a cambio. Si querés guaro, yo te doy la botella. Pero antes, quiero que me hagás un favorcito, nada del otro mundo.
―No, Carmen, hombre. Dejate de babosadas. Si no querés darme, no me des.
Entonces la Carmen volteó la botella y empezó a vaciarla sobre el monte, despacito.
—¡Lo estás botando! —gritó Tolo, desesperado―. No seás así, Carmen. Pura lata. Uno aquí deseando.
La Carmen le puso el tapón a la botella y la dejó en el suelo. Estiró las patas como para acomodarse. Un don pasaba en medio del parquecito, viéndolos de reojo. La Carmen chifló y gritó: ¡Muchá! Más que suficiente para que el don zampara la carrera.
―¿Entonces? Vos mandás, Tolo.
―¿Y qué querés que haga, pues? A ver, decime.
La Carmen se levantó la falda hasta un poquito antes del triangulito del calzón y le enseñó sus piernas. Eran dos pedazos de carne pálida, esponjosos y mal depilados. Bartolo las vio y, con casaca, desvió sus ojos a donde estaba la botella. La imagen de un coche muerto flotando en un charco se le venía a la cabeza.
—¿Te gustan, Tolo? Pues estas son mis piernas, te las presento. Y un poquito más arriba —se subió más la falda— tengo guardadito este tesoro. Hace mucho que no lo saco al sol y anda mish el pobre.
Bartolo veía de reojo, asustado, con ganas de irse a la mierda. Aunque su naturaleza de alcohólico, casi charamila, automáticamente lo acreditaba para vivir las peores mierdas del mundo, se sentía incómodo con lo que sucedía y prefería ver para otro lado.
—¡Tolo por la gran puta, mirame! ¿Por qué no me mirás? ―le dijo―. Yo sé que vos no sos hueco, sólo te hacés. Yo llevo tres meses de nada de nada. La última vez que probé hombre, ya hasta se me olvidó lo que sentí, con eso te lo digo todo.
―Yo… es que… puta…
La Carmen se bajó el calzón hasta las rodillas y abrió un poco las piernas. Allá a lo lejos se sintió aquel olorcito pisado como a caldito de mariscos.
―Aunque sea tocame, Tolo, qué te cuesta —le decía mientras se sobaba con los dedos la cuchara y ponía cara de súplica.
Lo que Tolo veía era una especie de lechuguita deshojada y ligosa, con unos cuantos pelos negros y colochos. Se sentía desubicado y no sabía si era de otra de las chingaderas de la Carmen o qué putas. Cuando se dio cuenta de que la cerota seguía tocándose y agarrándole la mano, le entró miedo y le empezó a temblar la quijada. Cualquier otro, en un caso de estos, no habría tardado ni un minuto en encaramarse y pegarle una su buena chimada a la puta de la Carmen, pero Bartolo no podía pensar en otra cosa que no fuera las botellita de Indita o de cuto o de lo que putas fuera. Chimar no, chimar no, era la frase que se le venía a la mente en formato neón, como en los nait clubs esos de la zona 9. De hecho, pensó en meterle un par de vergazos a la Carmen y llevarse la botella, pero se había quedado tieso y no se le ocurría cómo. Tenía miedo de que la Carmen lo verguiara, ésa era la neta.
La Carmen le dio un trago largo a la botella y de ahí hizo un intento de meterse la boquilla en la cuchara. Trabó los ojos pensando en Alejandro Fernández, en pelota, lamiéndole el pescuezo y sintonizándole los pezones. Entonces se sobó la cuchara con la boquilla pensando en una verga dura, caliente, que chagüiteara por ella, sólo por ella. La verdad es que ya iba algo entonada y andaba caliente. Bartolo, en cambio, tenía ganas de salir corriendo o de encontrar algo con qué distraerse. Jamás había imaginado que algo así pudiera pasarle a él, precisamente a él, que no se metía con nadie.
Al ver que Bartolo no movía ni un dedo, la Carmen se empezó a poner para vergazos. Y más cuando se dio cuenta que Bartolo había encontrado una chenca entre el monte y estaba intentando encenderla. Entonces se subió el calzón, se bajó la falda y se levantó con la botella en la mano.
—¡Vos te lo buscaste condenao! Como veo que despreciás el guaro, ahora vas a ver para qué sirve esta mierda, ¿oíste?
Lo único que se le ocurrió decir a Bartolo fue algo así como…
—Mejor andate vos Carmen, no hay clavo, yo guaro ya no quiero.
¡Cómo si no quisiera el hijueputa!
La Carmen sintió que le metían un hierro al rojo vivo en el culo y, sin pensárselo dos veces, le estrelló la botella de Venado a Tolo en la mula, agarró su bolsa y se fue a la mierda. Tolo cayó de espaldas, como si fuera un costal tirado desde un camión de esos de carga. Todo le pareció más oscuro, más opaco, más insonoro y más denso mientras la sangre le bajaba despacio por toda la cara.
El Elegido © Rafael Romero 2008
Foto: archivo personal