MULA QUE ES UNO

-¡Dale verga Chepe! -¡Ja, por mula!

26/06/2009

DIOS VAYA CON VOS, MAICOL


Sí, Maicol. Dios te acompañe en este viaje, mano. El último trip. El mero mero. Aquí en el Muladar siempre te mencionamos, fijate. Maicol Yacson. Puta, ¡cómo que no! Saludános a E.T., por vida tuya. Y a Fredi Mercuri. Y a Curt. Y a Miguelito Asturias. Y a todo la marufia que mirés por ahí por donde vayás. Te lo agradezco. Ahora que te fuiste a caldo, la mara se malea y no entiende por qué tanto alboroto por un pisado como vos, que según las malas lenguas, tenía debilidá por los chavitos, era exageradamente hipocrondríaco (bonito palabro) y no le atinaba en qué lado armar su casa de campaña, si en el los pisados o en el de las chavas. Normal, va viejo. La mara sólo quiere ver tu lado oscuro. La mara sólo quiere recalcar que pelabas cables, que eras un trabado, un loco cerote, un mal ejemplo. Normal, va viejo. Normal para un mundo en donde, por lo que vemos, todos son unos santos, todos tienen su parcelita o su lotecito en el cielo. Y vos no, porque te pelaste, porque se te fue la onda, con tu Neverlan y con tu necedá de querer ser un pequinés (por tu nariz, Maicol) y blanco.

Los errores de los demás no cuentan, Maicol. A la par de los tuyos, no cuentan porque se pierden y se esconden entre el vergazo de errores y cagadales de la plebe. Los cagadales de los demás no son nada al lado de los tuyos. Por eso, ¿para qué tanta mierda con tu muerte? ¿Por qué chillar por alguien como vos, que no tuvo infancia, que sufrió las indiadas de su tata? Normal, va viejo. Así somos. Aquí y en Marte, en donde a lo mejor esté E.T., Píter Pan y algún clon de Macoley Colquin. Así mejor que ya no estés, fijate. Yo también quisiera un montón de mierdas que no tengo y pelo cables cuando ando a verga. Y conozco a un vergo de mara que hace exactamente lo mismo. Mara que ya no haya ni qué hacer con su vida. Es la angustia de estos tiempos, Maicol. La humanidá está perdida Maicol y no hay tiempo para apreciar ni mierda. ¿Sabe la mara que fuiste el artista que más pisto regaló para mierdas humanitarias? 220 mil millones de quetzalitos, viejo. Nel, la mara no lo sabe. Porque fuiste un mal ejemplo, un pervertido, un descarriado. Eras una oveja negra que acabó siendo blanca.

Gracias por Güi ar di guorl, Esmuz críminal, Bit it y Yam, Maicol. Gracias por tu música durante aqueos años en los que pegamos el estirón y quisimos imitarte. Calcetines blancos no nos faltaron. Tampoco mocasinas bien lustradas ni guantes blancos, los mismos de cuando salíamos de cucuruchos. Gracias por llenar nuestras tardes con tus rolonas y el vergueo ese que hacías bailando. Gracias por hacernos el culo así con Tríler. Mis hermanas y mis primos nos juntábamos algún fin de semana para los ya míticos "ensayos" y nunca faltabas vos, viejo. Nunca faltabas. ¡Cómo putas! Tenías clavos, viejo, como Rex, como todos. Tenías clavos como todos... COMO TODOS. Pero para la mara no se anda con babosadas y cuando se trata de apedriar, sobran los pretextos. A lo mejor no creen que fueras humano, fijate. A lo mejor creen que eres un alien, como E.T. O una escoria, como Bush o como Chávez. Por eso pela, va Maicol. Por eso pela tirarte mierda. Ahora que no estás, hay que hacerte mierda. Sos sólo un icono más de una cultura absurda y decadente. Sos el revés del sueño americano.

Con unos mis cuates, con mis cuates de la infancia, con lo que representan para mí los mejores años de algo que nunca va a volver a pasar, nos hacíamos tres vergas bailando con tus rolas, cranieando mímicas para salir en la escuela, haciendo ruidos con el hocico para a ver si nos salía algún beat de tus rolas. ¿Patéticos, no Maicol? Más adelante, la mara le empezó a llamar Maicol a sus chirices, fijate. Sí, en la tierra de Juan Caca, Juan Culo y Juan Miados, empezaron a aparecer los Maicols. ¿Curioso, no crees? Da igual, viejo. Así es el mundo. No te lo digo para que te alegrés, porque vos no tenés ese derecho. El Rey Del Pop No. ¡Puaj, a la pero qué banal, qué superficial, qué capitalista! Normal, va viejo. Parece que cuando más no acercamos e intentamos pepenar algo de tolerancia, salen a relucir más las actitudes que dicen todo lo contrario, Maicol. La pre-historia sigue aquí, viejo, no nos preocupemos tanto.

Hoy Rex está de bajón, viejo. Así de claro y pelado. Yo no miro tendencias, las connotaciones me las paso por el culo, para mí no hay blanco ni negro. Yo no me flagelo. Yo no me auto-excluyo bajo ideas y berrinches reinvindicativos. Y me da envidia, fijate. Vos ya estás con E.T. y yo sigo aquí, sin ser nadie, haciéndole güevos, tratando de llevar dignamente una onda que se llama Mulamala. Y mientras más oigo la rola de Jil di guorl, esa donde decís que hay que curar el mundo, hacerlo un mejor lugar, para vos, para mí y para la toda la humanidá, que hay mara muriendo (pienso en mi propia Mulamala, en Oriente Medio, en África) y que si rialmente nos importa la vida, que hagamos de esta mierda de mundo algo mejor, más chillo, fijate. Chillo porque yo no hago ni mierda. Soy Rex y me la pela. Gracias, Maicol. Gracias por dejarme tener 16 años otra vez. Porque oyéndote puedo ver mi chante como era antes. Puedo ver a mi mara como era antes. Porque puedo estar en donde ya no estoy ni estaré. Gracias, ¿oíste?


Dios o en quién hayás creído vaya con vos, Maicol.


Caminando en la Luna,

Tu fans, Rex Mamey

15/06/2009

¡YA TE DIMOS COLOR, MAJE!


Para quienes crean y malamente piensen que este SU servidor sólo rascándose los güevos vive, déjenme decirles que no están lejos de tener razón, pero tampoco hay que dar las mierdas por sentadas. Mucha mara sabe quién soy, pero no todos. ¿Qué pasaría si les dijera que Rex no es el que ustedes creen que es? No voy a entrar en detalles, pero quédense con la espinita pisada y sáquensela cuando se les haya quedado un pedacito de carne entre las muelas y no tengan un palillo a la mano. Desde hace un buen rato para acá, he estado estudiando los rigurosos informes que mis delegados del Departamento Clandestino de Acción contra el Usuario de Internet (DECACUSI) realizaron desde que, luego de la intensa actividad y la proliferación de basura informática [Querido yik: lo que para vos es espan para mí es blog y/o perfiles en redes sociales, gracias por no intervenir con tus elevadas apreciaciones], no tuve otra que reunir a un grupo de expertos mulamaltecos (pornoadictos, blogadictos, cyberadictos y transtornados mentales con pobres y/o escasas relaciones interpersonales) y contratarlos para conformar el Departamento y ver qué putas está pasando con el usuario de Internet en Mulamala. Me llevó puta. La mayoría temblaba al saber que iba a tener que pasar diez horas lejos de sus cuartos. ¡A sus treinta y la madre de años! Les rolé cheques en blanco (con fondos mínimos: el más cabrón cobraba primero y los demás comían mierda) y les ofrecí instalaciones debidamente diseñadas para satisfacer sus necesidades: sonido envolvente, aire acondicionado, hieleras con Red Bul, muñecas inflables-multirraciales, rótulos en neón con frases intermitentes tipo: Adiós Abrazos, Hola Secon Laif acompañados de imágenes obscenas de Futurama y Famili Gai, y cubículos en forma de confesionarios para que pudieran “tocarse” con intimidá y rendir al máximo.

Sí, ya lo sé, hay gente muriéndose de hambre en las calles, hay mara palideando, pero ESTO es IMPORTANTE.

Como comprenderán, encerrar a esta partida de escorias en un cuarto lleno de compus y del más innovador equipo informático y de sano entretenimiento fue haberlos encaramado a una nave, como en Estar Trec, y mandarlos directamente al Paraíso. Los nenes se sentían en su mera salsa, pero la onda fue que sólo disfrutaron del festín y nada de chance. Se lo advertí, me dijo Güilson, mi mano derecha. Para quienes todavía no lo sepan aquí les va una primicia mundial: Sí, los mandatarios también tenemos un poco de mulas. Igual que cuando miro que la mara deja chelas a medias, me dolió, pero tuve que hacerlo: los mandé a la mierda. Querían finiquito. ¿Bolsa negra o costal?, me preguntó Güilson. Aunque sabían mucho, no les mandé a matar pisados, no sean mal pensadotes. Les mandé a regalar ropa que yo ya no uso, porque a la verga, es cierto que no les llega salir y prefieren olerle los fustanes a sus nanas, pero tampoco es para andar como que son pastores ambulantes, hombre. ¡Miren cómo soy de buena gente! Después del mal trago y aprendida la lección, le dije a Güilson que ya no contratáramos a ningún pisado y que, como siempre, nos encargaramos nosotros del trabajo sucio. Lo único rescatable de los informes del DECACUSI fueros los listados de las direcciones IP de un vergazo de usuarios mulamaltecos. Las conseguimos pisteando a los proveedores de Internet y convenciéndolos de que se trataba de un tema de seguridad nacional y no de espionaje. ¡Porque eso sí que no!

Por si conocen a alguien que trabaja en el sector y notan cierto cambio en su nivel de vida (palco vip para ver los Clásicos, tarjeta vip ilimitada en Le Club, cubetazos para aquea mesa y para aquea otra, viajes cada fin de mes, etc.), descarten lo de narco.

¿Qué es dirección IP?, nos preguntó un primo de Güilson que se ofreció a hacernos la pala (según Güilson, a su primo le gusta mantenerse en los baños de los centros comerciales viéndole la verga a la mara cuando mea, así que había que mantenerlo ocupado). Es onde viven los Ijos de Puta que estamos buscando, se me adelantó Güilson. [Querido jáquer: ¿quién te dijo que eras único?] ¡Como ven, el DECACUSI estaba más vivo que nunca! ¡En octubre ajustamos ya nuestro primer añito! Así que nos pusimos las pilas y empezamos con las labores de rastreo, análisis de tráfico, material subido a la red e identificación de usuarios. ¡Esa mierda de Big Broder no es ni verga! Si les contara de toda la información (100% fiable y de primer nivel) que pudimos obtener, se cagan, muchá. ¡Se ca-gan! Yo que ustedes, me cuidaría las espaldas y andaría ojo al Cristo. Si en Guatemala todo es posible, en Mulamala pior.

“Ha llegado el fin de los instigadores sociales que se escudan en el anonimato y se inventan identidades. El pez por su propia IP muere”. (Neo-Apocalipsis 23, 3-5)

¡No me digás! Sí, sí te digo. En DECACUSI sabemos quién sos vos. Sí, vos, tus anonimatos y tus falsas identidades. Ya no nos creemos esas pajas de “el qué dirán”, de “me da clavo lo que piensen los demás”, “es que en Mulamala somos muy salvajes, por eso no doy la cara”. ¡Pre-tex-tos! Sabemos que escribís blogs sobre sexo pelado porque entre verte pasar a vos desnuda, los albañiles prefieren mil veces chiflarle a dos perros que estén volando güevo. No sos seisi. Coger así te friquea. Si fueras puta y te gustara, ¿para qué ocultarlo? Sabemos que escribís blogs sobre política subversiva porque en el fondo quisieras gobernar vos o de acuerdo con tus intereses, porque sos lo suficientemente cabrón para tener todas las soluciones de lo que hay que hacer y lo que no. ¿Ya cachaste el verdadero concepto de ser mártir? Sabemos que escribís blogs sobre trips con drogas y desvergues porque es lo que has visto en la tele: sos un Testigo de Jehová reprimido con barros en la cara que se entretiene en grandes chingaderas con sus cuates: un lorito, un par de canarios y un cuyo. Sabemos que tenés varias cuentas de correo y de blogs para, según vos, chingar a la mara sin darte color. ¡Pisaste, viejo! Sabemos que tu perfil no es tu perfil. Sabemos que te güeviás las fotos y te hacés pasar por otro, que sin Fotoshop tu imagen pasaría desapercibida y no le interesaría a nadie porque NO sos chulo. NO sos chula. Sabemos que chafiás ideas para que tus comentarios llamen la atención porque NO pensás NI sos interesante. Sabemos cómo te movés en la blogósfera y en Internet, según vos, haciendo de las tuyas y tirando piedritas sin ser visto. Desafortunadamente, ya lo sabemos. Si pensás que los gobernantes no hacemos ni mierda, ¡estás mal! ¡He aquí la prueba!

¡Para DECACUSI lo más lógico sería que fueras uno más, como la mara normal, sin levantar sospechas… pero como no, pues no!

Atentamente (de atentar),

¿REX O NO REX? ¡He ahí la cuestión!

La imagen presuntamente está en: www.firgoa.usc.es/drupal/node/37039

11/05/2009

¡JA, VE QUÉ DIAZOMPOPO!


Yo no te pido la Luna, tan sólo quiero amarte, quiero ser esa locura que vibra muy dentro de ti, yo no te pi… Los gritos del hijueputa de Paco me sacan de mi trance erótico con Daniela Romo, bajo el volumen y le grito: ¡Aquí estoy! ¿Qué querés? La puerta del baño se abre y la cara de zopenco del mierda se me queda viendo y me hace ojitos. ¿Qué haciendo vos culey?, me pregunta. Aquí, pensando un cacho en Doña Concha, le digo. Concha es su nana, pero Paco es de los mierdas que les podés decir que acabás de meterle un pepino en el culo a su propia traida y es como si no te oyeran. Venía para ver si le prestaba unos discos. La onda es que cuando salí, ya los llevaba en la mochila el hijueputa. ¡Ahí te los paso al rato vos hueco, junto con tu gorra de los Bulls!, me dijo dándose la vuelta y zafando bulto. Bajando libros, me acordé de que nunca le había prestado mi gorra. Lo más pior es que el Paco no es ni cuate mío. Es el entenao de la doña que le lava ropa a mi vieja. Y no lo digo por eso. A mí me la pela que sea hijo de quien sea. La onda es que, sólo porque más o menos somos de la misma edá (él 20 y yo 22), mi vieja lo deja entrar cuando quiere y desde hace unos meses para acá, el cerote cree que somos cuates de toda la vida y ha llegado al punto, como les cuento, de entrar, tratarme como si fuera mi compadre y llevarse mierdas prestadas sin permiso ¡Ja, ve quediazompopo!, diría mi abuelita, que en paz descanse.

En Mulamala abunda este tipo de gérmenes. El maje que sin ton ni son, ya se ha hecho tu cuate o eso cree. El que sin conocerte, en un abrir y cerrar de ojos, ya te está soltando un: ¿te acordás, vos pisado?, o un: comé mierda, mano. ¡Y todo es risa y risa! ¡Y hay que celebrarlo! El maje que saludás por cortesía y ya va el abrazo y el somatón de espalda. El que le rolás un cigarrito y se sienta en tu mesa a echar chela, sin pisto. El maje que te conoció una vez, por medio de otro cuate, y ya cree que puede ir a tu casa, prender la tele y sentarse a ver… a tu hermana. El que nadie lo invitó al toque y es el primero en llegar y maltratar cuando no se apuran con la trama o cuando ya no hay guaipe. El maje que de la noche a la mañana cree que tu viejo es dueño de la Texaco o que la gasofa te sale de la verga para andar dándole jalón todos días desde el chance hasta la quinta mierda. El que da por sentado que por el simple hecho de ser mulamalteco y chingón (como vos) ya cree que puede sacarte la madre y que encima se malea si a vos no te hace la más mínima gracia. El que se monta en vos, como que fueras caballito de los que había en La Aurora o en Esquipulas parece hacerse fotos. El que por darle la mano (o hacer como que se la das), te agarra el brazo y te hace manita de coche. Llámesele confianzudo, llámesele suela, llámesele descarado, llámesele aventado o como putas sea. En fin, la verdad es que sólo de imaginar ejemplos me pongo para vergazos. A lo mejor pensarán que uno es lleno de mierdas, pero nel, no se trata de eso. Y si así fuera, ya saben que a Rex las opiniones de la mara son como piquetes de zancudo: mira la ronchita, se rasca, le hace una crucecita con la uña y cuando siente, ya tiene el brazo como si nada. Pero no se trata de eso, muchá, se trata de abusar de la confianza y no saber respetar. Y también de no saber diferenciar las mierdas. ¿Quién dijo que porque nos tratemos de vos seamos cuates?

Los que leen esta onda del Muladar desde sus inicios, allá por el 2005 (de un brinco te la hinco), saben que aquí el mero vergueo es la chingadera y órale, yo no voy a ser el me ponga ahora con moños. Con tanto blog pisado que hay, uno se puede hacer una idea de que hay mara que sólo entra a sacarle la madre al dueño, a llevárselas de gracioso, a criticar lo que supuestamente ha leído, a meterse con los otros que comentan y lo que es más culero, a exigir mierdas. ¡Habráse visto! Hacéle güevos, Rex, es parte de tener un blog, cerote, me dijo una vez un caraeverga. Sí, a güevos, uno escribe sus muladas tratando de alegrarle un poco el día a alguien, a cualquiera, a uno mismo (como es mi caso), y encima aparece mara a decirte cómo tenés que reaccionar y qué es lo que tenés que aguantar de toda esta mierda. ¡Y le tenés que hacer güevos! Es para cagarse de la risa, muchá. Como ya dije, una cosa es aguantarles la chingadera a tus familiares, a tus cuates, a tus conocidos, etc., y otra es tener que aguatanarle la casaca a Perico el de los Palotes, que del aire aparece con sus reclamos y sus incorfomidades absurdas, como si por haber leído tus mierdas ya tuviera el derecho a sacar su cartulina (tipo pancarta) y protestar ahí tan tranquilamente, en tu blog, como si estuviera en el patio de su casa. Si lo pensamos mejor, esa puta maña de agarrar confianza y de criticar muchas veces sin fundamento es un claro reflejo de cómo somos los mulamaltecos y de por qué estamos como estamos. Por respeto y a petición del propio afectado, no puedo ponerles un ejemplo fehaciente del que tengo constancia y que me dejó con el hocico abierto. Un onda así bien gruesa, muchá. A raíz, precisamente, de unos putos comentarios en un blog y de esa necedá pisada de la mara de creerse dueños de esta mierda, sacándose “reglas” de no sé dónde putas, tergiversándolo todo, creyéndose con la potestá, sin ser más que unos pendejos incultos con ínfulas de grandilocuencia, de ir por ahí, tirando mierda a su sabor y antojo, poniéndose de tú a tú, como si la vida fuera caldo de moronga.

No, no, no, nenes. Así no vamos a ningún lado. ¡Y yo que quería domar mi temperamento, muchá! Pero es que es por demás. ¡No se puede con la campiña! Los dejo. Me voy a remendar mi traje de REX 2000 ULTRA TALISHTE para combatir el mal y ver cómo le hacemos para evitar más epidemias, como el de la CONFIANZA PORCINA. ¿O es INFLUENZA? Ustedes me entienden.


Pd. Paco, si leés esto, tomálo por el lado amable. Te regalo mi gorra de los Bulls, mi rompecabezas de 500.000 piezas y los calzoncillos que se llevó tu mamá la semana pasada. Pensándolo mejor, te cambio la gorra por una buena bolsa de zompopos de mayo, ¿te parece? Un saludo, amigo.

27/04/2009

¡ÓRALE PUEEEE VOS TOLO!


Muchá, fíjense que por motivos puramente editoriales las últimas dos (creo que dije que era una más, pero son dos) entregas de El Elegido ya no van a poder ser “posteadas” en el Muladar. Me han recomendado que ya no siga poniendo más si mi intención es publicarla en papel impreso, que con estas cuatro entregas ya es una buena muestra y la mara (ustedes) se puede hacer una idea de cómo es la novela y el posible libro. Y como la idea es sacarla en papel, pues hasta aquí llegó Bartolo, jeje. Háganme la campañaza de disculpar al Rex y espero que no se vayan a malear, pero así son estas ondas. Y si se malean, pues ya saben. El Muladar es así. Para los que han leído los 4 capítulos aquí posteados, les agradezco sus comentarios y su disposición para leerlos y disfrutarlos. Y bueno, para los que esperaban un final, acuérdense de que es una novela y que aquí sólo estoy poniendo un cinco por ciento más o menos del texto en total, así que el mero final, como que todavía nel. Lo que sí puedo decirles es que en las dos entregas que ya no van a poder leer, el Bartolo no se muere; si no, imagínense: ¿de qué va a tratar el resto de la novela sin su protagonista? A partir de la otra semana, digo yo, el Muladar volverá con sus “posteos” de siempre.


Imagen tomada de www.perrosymascotas.com

20/04/2009

NARRATIVA MULAMALTECA (SEXTA ENTREGA)


Ya mero acabamos, muchá. ¡No me vayan a decir que ya se aburrieron!


EL ELEGIDO (Capítulo CUATRO)



Cuando despertó, estaba en un catre, entre un montón de ropa y bolsas plásticas llenas de saber qué putas. Ropa, lo más seguro. Era un cuartucho que apestaba a obo, con una bombilla de no más de 50 guats (encendida) y una ventana sellada con lámina y pedazos de nailon negro. La sangre ahora formaba un mapa de costras en su cara y, aunque el dolor en toda la frente era bestial, Bartolo logró reincorporarse. Oyó risas y voces; había gente afuera. Para variar, casi no recordaba ni mierda. No sabía cómo había llegado allí, dónde putas estaba ni qué día ni horas eran. La incertidumbre siempre había sido parte de su vida, pero tal como se encontraba, creía que se había perdido o que estaba soñando. Incluso pensó que a lo mejor se había ido a caldo. Además, le habían hueveado su gabardina y sus tenis; del frío se había meado y sentía que no tenía voz porque un pitido pisado le estaba haciendo mierda los oídos.

Lo primero que se le vino a la mente fue la cantina de mi viejo y el aroma de un octavito o de un cuto recién destapado. Le preocupaba más la sed que tenía que el dolorón pisado. Como un buen cristiano que reza un Padrenuestro al levantarse, él necesitaba su dosis mañanera. Entonces puso los pies en el suelo y notó que estaba mojado. ¡Miados! ¡Lo que me faltaba, por la gran puta!, dijo en voz baja. A lo mejor no eran meados, a lo mejor se había entrado el agua o algún tubito pvc tenía fuga. En fin. La onda era que la torta de cemento que había por suelo no sólo estaba sucia y mojada, sino que además tenía regadas jeringas, pañales desechables con caca, desperdicios de comida y envases vacíos por todas partes. Una pocilga. El pesebre donde de seguro han nacido todos los dictadores, pensó Bartolo. Por si no lo he mencionado, mula no era; es más, a veces te decía unas mierdas que sólo él entendía.

—Esos son los síntomas del delirios tremen o algo así creo que se dice —otro que bien bailaba, mi viejo y sus muladas.

Despacito, acercó su pesado cuerpo hasta la puerta y buscó la más ancha de las rendijas para ver qué pasaba afuera y dónde se había metido.

Era un cuartucho como donde él estaba, sólo que más iluminado. Notó que un gatío gris se paseaba de un lado a otro, y que no sólo le faltaba pelo sino que también una pata. ¿Dónde pisados ando?, empezó a bajar libros mientras se tocaba la ñola, cabal donde tenía el putazo. Oyó voces y tosidos. ¿A mí quién putas me va querer secuestrar? ¿Pa’qué? Buscó más rendijas. Tuvo que tirarse al suelo para poder mirar mejor. Entonces vio a la Carmen, aplastada en una silla, echándose un su chancuaco. Había una mesa cerca, de esas de pino, sin barnizar ni nada. Enfrente, vio a un viejo negro con barba canosa y lentes oscuros, también fumando, sentado en un sillón de cuero todo lleno de hoyos y parches. Había frases y dibujos mal grafiteados en las paredes y un montón de chencas y bolitas de papel tualet en el suelo. Al reconocer a la Carmen, Bartolo quiso recordar, pero su mente no le daba para tanto. Lo último que recordaba eran los dientes amarillos de mi viejo, mi cara llena de barros (en ese tiempo) y las filas de octavos y botellas en la estantería. Y allí estaba el pobre Tolo, deseando que su ojo se saliera por la rendija para saber un poco más lo que le esperaba, por si acaso tenía los huevos de salir y pedir explicaciones, como en las licas más puramierda.

Tratándose de Tolo, el tiempo para que hiciera algo se volvía doblemente eterno. Sin embargo, en el fondo tampoco era ningún imbécil, no. Se le hacía así el culo, eso sí. Primero quería cerciorarse de que no hubiera más gente aparte de la Carmen y el negro, para saber a qué se atenía. Lo que vio enseguida lo desubicó un poco. Aparecieron dos patojos, de no más de diez o doce años, calculando. Iban sólo en playera, sin mangas, y en calzoncillos, enseñando brazos y piernas chorriadas y mugrientas. El viejo tiznao les dijo algo entre risas. Pero fue como si hablara con su culo. Ellos no hicieron nada. Se quedaron allí, sin moverse. Entonces el viejo tiznao levantó un palo que usaba como bastón, les dio un par de puyones en el pecho y señaló con el palo en dirección a la Carmen. Los patojos se dieron la vuelta, pero sólo eso. El viejo tiznao los maltrató y les dio una patada en el culo. Los dos dijeron que sí con la cabeza y la Carmen, que parecía haber sido maquillada por un parapléjico, tiró la chenca al aire y se empezó a cagar de la risa y a subirse la falda. Su cuerpo de marranita vibraba en la silla mientras se carcajeaba y se acomodaba un poco, abriendo bien las patas.

Conociendo a la Carmen, Bartolo sospechaba lo que podía pasar aunque no quería creerlo. ¡Hasta onde ha llegado esta loca cerota!, pensó y se quedó quieto, tirado en el suelo, con el ojo pegado a la rendija, contemplando cómo aquellos ixtos esqueletudos se acercaban y se hincaban frente a la pisada, como si fueran a rezarle a una santa. A uno lo agarró del pelo y se lo metió entre las patas; al otro, lo agarró del brazo, lo acercó y le empezó a meter la mano en el calzoncillo. Como al parecer no cumplían su tarea como a ella le gustaba, los mandó a la mierda de un empujón. Los pobres cayeron de culumbrón y uno escupió en señal de rebeldía, haciendo gestos como de basca, casi a punto de echar el buitre. De lo concentrado que estaba, Tolo no se había dado cuenta de que tenía una cucaracha de este tamaño yendo y viniendo debajo del pescuezo.

Mientras la Carmen se quitaba el vergazo de trapos que llevaba encima para quedarse en pelota y sentirse más a gusto, el negro sacó una bolsa plástica de pegamento de zapatero. Los patojos se la arrebataron de la mano y metieron sus caras completas como dos chuchos muertos de hambre. Arrastrando una pata, el negro se acercó a la Carmen y le restregó las verijas con un cachito de pegamento, sólo para que oliera. Entonces la pisada se agachó, los agarró de la greña, los arrastró medio metro, abrió las patas y zambulló las cabecitas entre sus gordas y flácidas piernas. Por más chingar, los dos ixtos se peleaban por lamerla.

Bartolo había visto de todo en su puta vida, de todo, pero eso era lo peor. Se quedó mudo. Y más cuando alcanzó a ver que el negro se había bajado el pants y tenía el pipe de fuera, una ejemplar color púrpura, digno de lástima por su grosor y su tamaño, y trataba de pajearse apasionadamente mientras veía a los patojos y a la Carmen. Uno le estaba lamiendo la cuchara y el otro le colgaba de las tetas como si fuera un muñequito pegado al vidrio de atrás de un carro. La cara de la Carmen, echada hacia un lado, desprendía una aureola de satisfacción y de engase, como si se acabara de ganar la lotería o como si cinco pisados bien mamados la estuvieran masajeando con aceite Jonhson & Jonhson en alguna playita privada, luego de un par de tragos finos de esos que toman los chancles y de un buen revolcón con Andrés García, el de las novelas.



El Elegido © Rafael Romero 2008
Foto: archivo personal

13/04/2009

NARRATIVA MULAMALTECA (QUINTA ENTREGA)


Como veo que no le pusieron mucho coco a la parte anterior, aquí les va la otra, pues... para que no digan que el mierda del Rex los deja picados, jejeje...


EL ELEGIDO (Capítulo TRES)



Fue un sábado cuando la rutina de Bartolo dio un giro de trescientos sesenta grados. Mi viejo, viendo ya la hora que era, volvió a hacer el chiste hueco ese de a ver quién se iba con Bartolo y la gran. Se ofrecieron dos o tres voluntarios, levantando la mano, y Bartolo salió de la cantina con cara de querernos quebrar el culo a todos, pero sin decir ni pío, puro muchachito recién puteado. Lo único que hizo fue jalar mocos y sacarlos en un contundente gargajo verde menta que dejó de adorno en la entrada y que provocó que la Carmen le gritara:

—¡No siás coche Tolo, así ya no te voa querer, hombre!

Encima de la chumpa llevaba una especie de gabardina gigante que le hacía verse medio jorobado y que se la había regalado una doñita de esas que salen hacer caridad y a regalarle chivas a la mara. Ya en la calle, haciéndose el fuerte para no tambalear, apuró el paso. Llevaba las carcajadas y la maltratadera en los oídos. Iba como la gran puta. Antes de llegar a la esquina ya había imaginado cómo podía pegarle un ahuevón a mi viejo por hacerle siempre lo mismo, pero mandó la idea a la mierda. Sin mi viejo, no había guaro gratis. Enfrente estaba El Cuque, pero ahí sabía que mejor ni asomarse. Le debía pisto a la dueña y uno de los hijos ya se la había cantado.

―Aquí mejor ni te acerqués pisado ―lo amenazó la última vez, metiéndole un empujón que casi lo manda a media calle. A Dios gracias, ahí no pasan burras y muy de vez en cuando un carro. Sólo gente a pie y cicles. Es un callejón pisado, oscuro, oscuro.

Se paró en la esquina para ver si nadie lo seguía. Sólo vio a un perro metiendo el hocico en una bolsa de basura y la sombra de alguien caminando en sentido contrario. Respiró profundo y caminó para un parquecito que quedaba a dos cuadras. No tenía cigarros. Se registró las bolsas y sólo encontró una choca. Aunque hiciera frío, el parquecito era una especie de remedio para Bartolo. Había poca luz, una pequeña fuente en el centro, casi en ruinas, unos cuantos cipreses, dos bancas de cemento y un vergazo de monte en los arriates. Había que estar a verga, como Bartolo, para irse a meter al parquecito ese. A la vuelta había un “punto” y ahí mismo, en el parquecito, la mara a veces se juntaba a fumar base y a inyectarse. Si te miraban mal parqueado, te ibas shuco, así de fácil. En fin, la onda es que la verga medio se la pasaba cuando Bartolo se tiraba en el monte a mirar al cielo. Lo curioso era que, fuera como fuera, le costaba un montón quedarse cuajado. Cerraba los ojos, sí, porque la cabeza la tenía zumbando, pero podía pasar más de una hora hasta que más o menos le fuera entrando el sueño.

No habían pasado ni diez minutos, cuando Bartolo oyó que alguien estaba cerca o se acercaba tarareando una conocida canción de Ana Gabriel. Se sentó como pudo, algo arralado. En su chumpa siempre llevaba una navaja. La empuñó sin sacarla y se quedó ahí, quieto, por si las moscas. Vio que alguien se acercaba a donde él estaba, pero no distinguía quién podía ser. Entonces se levantó y, pidiéndole a Dios que no fuera ningún caco, se adelantó a decirle:

—Eh… eh… eh… ¿Qué tal compadre? ¿No tiene un cigarrito por ahí, mano? Mire que yo aquí ando bien pis…

Entonces la figura le dijo que se callara con un shhhhh y se paró a pocos pasos de Bartolo. Cualquiera en su sano juicio habría abierto bien los ojos y, por muy poca luz que hubiera, habría sabido más o menos quién tenía enfrente. Pero en el caso de Bartolo, tampoco era para andar pidiendo milagros. El pobre temblaba, agarraba duro el manguito de la navaja y retrocedía despacio arrastrando sus Fila rotos y desgastados. La figura se rió y se movió un poco para que la alumbrara la luz de la luna. Entonces Bartolo se olvidó de la navaja y, más o menos confiado, se acercó un poco para saber quién era.

—¡Ja ja ja, Tolo! ¡Cagado has de estar del miedo! ¿O qué? ¿Pensabas atacar a una damita como yo? ¡Ja ja ja! ¡Acércate, hombre, soy yo! ¡Qué compadre ni qué ocho cuartos!

Bartolo no lo podía creer. De la rabia, no supo qué decir y se quedó callado. La Carmen y sus babosadas. Menos mal que es esta pisada, pensó y regresó al arriate a sentarse entre el monte. La Carmen lo siguió, dejó caer su bolso y sentó a la par de Tolo. La luna no tenía nubes encima y como ya llevaban tiempo ahí, en los oscuro, todo se veía claro. La Carmen sacó una botella de Venado casi llena, la destapó, le dio un trago y se la ofreció a Tolo. ¿Querés vos? Al pobre le brillaron las pepitas como si estuviera viendo a San Pedro abriendo las puertas del Cielo. Sus manos temblorosas agarraron la botella mientras algo de baba se le empezaba a acumular en los labios. Pero cuando se la iba a llevar a la boca, vino la Carmen y se la arrebató de un solo. Tolo estuvo a punto de sacar la navaja y ensartársela en la cara, pero se aguantó. Entre el disgusto y los días que llevaba sin hartar como la gente, ni fuerzas tenía. La Carmen pegó una carcajada y le dio otro trago a la botella.

—Te voy a decir la verdad, Tolo. Vos me conocés. Yo soy de esas que casi no piden favores a cambio. Si querés guaro, yo te doy la botella. Pero antes, quiero que me hagás un favorcito, nada del otro mundo.
―No, Carmen, hombre. Dejate de babosadas. Si no querés darme, no me des.

Entonces la Carmen volteó la botella y empezó a vaciarla sobre el monte, despacito.

—¡Lo estás botando! —gritó Tolo, desesperado―. No seás así, Carmen. Pura lata. Uno aquí deseando.

La Carmen le puso el tapón a la botella y la dejó en el suelo. Estiró las patas como para acomodarse. Un don pasaba en medio del parquecito, viéndolos de reojo. La Carmen chifló y gritó: ¡Muchá! Más que suficiente para que el don zampara la carrera.

―¿Entonces? Vos mandás, Tolo.
―¿Y qué querés que haga, pues? A ver, decime.

La Carmen se levantó la falda hasta un poquito antes del triangulito del calzón y le enseñó sus piernas. Eran dos pedazos de carne pálida, esponjosos y mal depilados. Bartolo las vio y, con casaca, desvió sus ojos a donde estaba la botella. La imagen de un coche muerto flotando en un charco se le venía a la cabeza.

—¿Te gustan, Tolo? Pues estas son mis piernas, te las presento. Y un poquito más arriba —se subió más la falda— tengo guardadito este tesoro. Hace mucho que no lo saco al sol y anda mish el pobre.

Bartolo veía de reojo, asustado, con ganas de irse a la mierda. Aunque su naturaleza de alcohólico, casi charamila, automáticamente lo acreditaba para vivir las peores mierdas del mundo, se sentía incómodo con lo que sucedía y prefería ver para otro lado.

—¡Tolo por la gran puta, mirame! ¿Por qué no me mirás? ―le dijo―. Yo sé que vos no sos hueco, sólo te hacés. Yo llevo tres meses de nada de nada. La última vez que probé hombre, ya hasta se me olvidó lo que sentí, con eso te lo digo todo.
―Yo… es que… puta…

La Carmen se bajó el calzón hasta las rodillas y abrió un poco las piernas. Allá a lo lejos se sintió aquel olorcito pisado como a caldito de mariscos.

―Aunque sea tocame, Tolo, qué te cuesta —le decía mientras se sobaba con los dedos la cuchara y ponía cara de súplica.

Lo que Tolo veía era una especie de lechuguita deshojada y ligosa, con unos cuantos pelos negros y colochos. Se sentía desubicado y no sabía si era de otra de las chingaderas de la Carmen o qué putas. Cuando se dio cuenta de que la cerota seguía tocándose y agarrándole la mano, le entró miedo y le empezó a temblar la quijada. Cualquier otro, en un caso de estos, no habría tardado ni un minuto en encaramarse y pegarle una su buena chimada a la puta de la Carmen, pero Bartolo no podía pensar en otra cosa que no fuera las botellita de Indita o de cuto o de lo que putas fuera. Chimar no, chimar no, era la frase que se le venía a la mente en formato neón, como en los nait clubs esos de la zona 9. De hecho, pensó en meterle un par de vergazos a la Carmen y llevarse la botella, pero se había quedado tieso y no se le ocurría cómo. Tenía miedo de que la Carmen lo verguiara, ésa era la neta.

La Carmen le dio un trago largo a la botella y de ahí hizo un intento de meterse la boquilla en la cuchara. Trabó los ojos pensando en Alejandro Fernández, en pelota, lamiéndole el pescuezo y sintonizándole los pezones. Entonces se sobó la cuchara con la boquilla pensando en una verga dura, caliente, que chagüiteara por ella, sólo por ella. La verdad es que ya iba algo entonada y andaba caliente. Bartolo, en cambio, tenía ganas de salir corriendo o de encontrar algo con qué distraerse. Jamás había imaginado que algo así pudiera pasarle a él, precisamente a él, que no se metía con nadie.

Al ver que Bartolo no movía ni un dedo, la Carmen se empezó a poner para vergazos. Y más cuando se dio cuenta que Bartolo había encontrado una chenca entre el monte y estaba intentando encenderla. Entonces se subió el calzón, se bajó la falda y se levantó con la botella en la mano.

—¡Vos te lo buscaste condenao! Como veo que despreciás el guaro, ahora vas a ver para qué sirve esta mierda, ¿oíste?

Lo único que se le ocurrió decir a Bartolo fue algo así como…

—Mejor andate vos Carmen, no hay clavo, yo guaro ya no quiero.

¡Cómo si no quisiera el hijueputa!

La Carmen sintió que le metían un hierro al rojo vivo en el culo y, sin pensárselo dos veces, le estrelló la botella de Venado a Tolo en la mula, agarró su bolsa y se fue a la mierda. Tolo cayó de espaldas, como si fuera un costal tirado desde un camión de esos de carga. Todo le pareció más oscuro, más opaco, más insonoro y más denso mientras la sangre le bajaba despacio por toda la cara.

El Elegido © Rafael Romero 2008
Foto: archivo personal

7/04/2009

NARRATIVA MULAMALTECA (CUARTA ENTREGA)


Aquí les va otro poquito de El Elegido, muchá, para que más o menos se vayan haciendo una mejor idea. Que pasen feliz Semana Santa y ai nos vidrios la otra semana, que este primor se va de viaje y andaré medio desconectado. ¡Va pues!



EL ELEGIDO (Capítulo DOS)


Bartolo era hijo de un fuereño con una chapina. Un viejo alto y bigotudo, con algo de español o de italiano en la sangre. Según nos contaba, había empezado a echarle al trago desde patojo, a los once o doce más o menos, sin necesidad de salir a la calle. Su mismo tata le había inculcado el hábito. A Bartolo se le ponía una cara como de puta ilusionada con aquel recuerdo. No me vayás a preguntar por qué pero a esa edad, de güiro, quería ser como él, a lo macho, me decía cuando tocábamos el tema. El panorama cambió el día en que Bartolo se hartó de las salvajadas que le hacía su viejo a doña Estela, su nana. Ya a verga, no la dejaba acercarse a la sala donde él y el don jugaban cartas y se bajaban dos o tres botellas de Farolazo. Si insistía, la agarraba del pelo, le daba un par de talegazos, le rompía la falda y se la cogía enfrente de Bartolo, poniéndole un pañuelo todo sudado en la jeta para que los vecinos no oyeran. Bartolo sólo miraba, con ojos chinos, mareado. Para borrar lo que veía, destapaba otra botella y empezaba a darle. Cuando despertaba, con aquel dolorón de cabeza, ya era de día y casi no se acordaba de nada. Se acercaba al cuarto de doña Estela y la encontraba cosiendo o peinándose, toda moronguiada.


―Aquí mejor ni entrés ―le decía la doña, dándole la espalda, con la voz entrecortada―. Andate, sos igual que él.
―Pero es que…
—¡Que te vayás a la chingada, te digo!


Por eso Bartolo decidió rebelarse. Primero, dejó de usar el apellido Ledesma y se quedó sólo con el López. De ahí, intentó irse de su casa un par de veces, pero a los dos días regresaba con hambre y sin pisto. El don no tenía amigos, sólo caseras, todas indias y envueltas. Ésas le gustaban. Según Bartolo, el don decía que porque eran bien cuzcas, no eran fáciles, se aseaban bien y estaban apretaditas. Por eso se iba a las aldeas en un su picop, las baboseaba (mejor dicho, a sus familiares) las contrataba como sirvientas y les endulzaba el oído para chimárselas cuando doña Estela se iba al mercado. Les ofrecía mierdas y les daba unos quetzalitos para que se compraran jabones y ajustaran para perfumes. Nunca las violaba, tampoco era mula. Pero si se resistían mucho, las amenazaba con mandarlas de regreso a sus pueblos (sin pisto y sin sus chunches) por ladronas o, en última instancia, les juraba que iba a dejar a doña Estela, que la doña ya sólo le servía para hacerle la comida y los mandados. Incluso, llegó a decirle a una que doña Estela tenía cáncer y que ya mero se iba a caldo, y que lo comprendiera, que así ya ni coger podía. Casaca no le faltaba al viejo mierda. Todo esto que tengo aquí, mirá, es tuyo, les decía tocándose el tanate y llamándolas con el dedo.


Luego, echando tragos, se lo contaba a Bartolo y le decía que aprendiera, que eso era mejor que ir a los puteros y que salía más barato. Que había que usar el coco y no caer de mulas. La cara de Bartolo, entre ahuevada y asqueada, como de patojito huraño, no le gustaba al viejo.


―¡¿Acaso no sos hombre vos, pues?! ―lo puteaba, coscorrón incluido, y lo mandaba a que le lustrara los zapatos y de ahí que saliera a conseguir guaro, sin darle ni un len al pobre mierda.


Entonces me daban ganas de quebrarle culo, fijate. Envenenarlo con aguarrás o algo así, pero la onda es que no podía. Era mi viejo. Un día agarré mis chivas y me vine para acá. Ni dos días preguntaron por mis huesos en Xela, vos. ¡Ni dos días! Y de ahí, hasta la fecha. Con anécdotas como ésas, que sólo a mí y a mi viejo nos contaba, uno se podía hacer una idea de por qué Bartolo era la basura que todos decían que era y que él mismo confirmaba sin pena ni gloria; o sea, un bolo pisado de esos raros, como asexuado, sin el más mínimo interés por echar un polvito, hacerle ojitos a alguna reinita o aunque sea verle el culo desde lejos. Podía pasar la Shakira o la Paulina Rubio en puras bolas y el pisado ni si quiera las miraba de reojo. Como ya dije, parecía que vivía con un sólo objetivo: sentarse en el mostrador de Aquí nacen los campeones a chupar y a que lo agarraran de cliente para las chingaderas. Los únicos días que no aparecía eran los domingos, aunque hay que reconocer que al principio le costó entender que ese día mi viejo no abría.


—Al Tolo le regalan chivas en la Parroquia, vos Paco ―le decía a mi viejo el Tábano, una escoria rapada, con vos de janano y un vergo de cicatrices de barros en los cachetes—. Ahí se va a meter el desgraciao. Yo digo que alguno de los padres lo chiquiteya, fijate. Pior uno que se llama Adolfo, mero mujercita el pisao. ¿No has visto cómo camina?
—Yo sí lo he visto —se metía a decir el shute del Xuxa, un canche pisado como de Oriente, que babeaba por la Carmen y que una vez que lo verguiaron aquí a la vuelta, entró corriendo a empeñarle un diente de oro a mi viejo. Se lo habían aflojado de un putazo y, ya como la gran puta, se lo había arrancado el mismo. Con el pisto pasó un par de días aquí zampado.


Nadie sabía dónde vivía el Tolo ni a dónde se iba a meter cuando cerrábamos. Casi todos decían que se iba a dormir al mercado o debajo de algún paso a desnivel, pero en el fondo ninguno de esas lacras sabía ni mierda, ni siquiera en qué puto día vivían. Al salir, literalmente desaparecía. Cuando veía que empezábamos a sacar a la mara y yo, especialmente, a trapear un poco el piso, sabía que ya le quedaba poco tiempo y se ponía todo serio, y nerviosote. Incluso se maleaba cuando mi viejo, por fregar, pegaba un grito y preguntaba si alguien quería acompañarlo a su casa. Bartolo somataba el mostrador, maltrataba entre dientes, se levantaba y se iba. Afuera se sentía más aliviado porque sabía que nadie iba a seguirlo. Tenía razón: nadie era tan mula como para perder el tiempo preocupándose por él y por su vida. Entre casaca y casaca, la broma de mi viejo funcionaba. Si no, ahí se quedaba y había que sacarlo a la banqueta porque ni andar podía. Luego salía doña Zoila, la vecina, y empezaba a cubetear la banqueta con todo y Bartolo y los que estuvieran ahí tirados. Mejor sacarlo por las buenas y que se vaya a echar a otro lado, decía el cara de culo de mi viejo.


(aún hay más, pero despuesito...)

El Elegido © Rafael Romero 2008
Foto: archivo personal

1/04/2009

NARRATIVA MULAMALTECA (TERCERA ENTREGA)


Durante este mes y, hasta donde se me ronque el culo, les guste o no, tendré a bien compartir con ustedes una parte (el primer 10% más o menos) de una novela mulamalteca (ni se les ocurra chafiarla porque ya está registrada, con derechos y todo, en La Haya), para continuar un cacho con la línea dizque literaria (Asturias, dame el hoyo) que empecé ya hace tiempo con dos primeras entregas: Ésta y Ésta otra. Ahora no son cuentitos, es una novela que iré posteando por partes (no toda, no se agüeven) y que espero que les sirva para entretenerse un poco. Y si no les gusta, pues ya saben cómo son las cosas en el Muladar. A Rex, eso sí, se la trasquila.


EL ELEGIDO (Capítulo UNO)


Bartolo sacó el humo por la nariz y la boca, tiró la chenca al suelo y se levantó como pudo. Había un buen tramo del banquito donde pasaba horas aplastado hasta el baño. Un recorrido que hacía cinco o seis veces al día, mínimo. Al pasar, dejaba una hedentina pisada que ya tenía acostumbrados a las otras joyitas que “vivían” en la cantina de mi viejo. Calculando, tendría unos cuarenta años y nadie sabía cómo putas había hecho para aguantar tanto tiempo solo, sin voltear a ver a ninguna chava, sin pajearse ni echar un palito aunque fuera de mentiras. Él mismo lo decía: Soy virgen y qué pisados. Ese era su vení pa’cá, su atractivo. Esa era su faceta interesante. Haciéndole una onda así tipo extreme makeover, no quedaría angelical el cerote, pero ya sería algo. La onda era que cabal por eso, porque nunca le habíamos conocido mujer y porque así sin casacas tampoco era feo, desataba el morbo en todos los que llevábamos años viéndolo allí, amable e inerte, recostado en el mostrador, con babas, mocos y ojeras. Se llamaba Bartolomé López. Algo alto, de ojos claros, medio entelerido. Siempre con la mirada perdida, empinándose los octavos como que fueran vasos de agua pura. Siempre en el mismo lugar, con el pelo alborotado y una su chumpa roja toda sucia y manchada.

¿Será hueco este pisado, muchá? A saber qué putas. ¿Y si no se le para esa su mierda? A lo mejor le volaron huevo cuando era güiro. ¿Será vos? O a lo mejor nunca ha visto una cuchara. Puta, ahí sí comé mierda. Tolo creerá que sólo para mear la tiene. ¿Y si no tiene, muchá? ¿Y si está cuto? Tú madre, Canche. A mí me gustaba olerle los calzones a mi hermana, de lo que se pierde el hijoeputa. ¿Y si lo invitás a tu chante para ver una lica, pues, una porno? Ja, al cacho se pone caliente y nel, mano. Yo digo que es por ese chilacazo pisado que se anda echando. El Chino me invitaba a ver su vieja cuando se bañaba, estaba buena la doña. ¿Qué haría Tolo si la viera en pelota, con ese pashtote pisado bien peludo, vos? Hay que traerle una su puta, hombre, aunque sea una de esas que te la chupan para hacer ajustón y comprar piedra. Pero se la pagás vos, cerote. Mi conclusión era sencilla: al mierda de Bartolo lo único que le importaba era chupar y envergarse. Eso. A los demás como que no se les iluminaba un poco el coco.

Los viernes se aparecían por aquí los bolos solapados, los que tenían chance, familia que mantener e hijos regados por todos lados. La Carmen nunca faltaba. Cincuentona, rellenita, coqueta y bola y media mi compañera, trabajaba de peinadora y tenía una hija en los Estados que le mandaba billete de vez en cuando. A las cinco en punto, agarraba sus chunches y salía despetacada para acá como si aquí hubiera herencia. Desde que se había separado de su mariachi, aquí le veías la cara. Le gustaban los ambientes jocosos y las risas. Se dejaba tocar y un par de veces recuerdo que salió de aquí acompañada de algún viejo de esos trajeados, con buenos chances y carrazo. Pero lo que más le gustaba era calentarle los huevos a la mara. Se sentaba entre tres y cuatro pisados, sacaba a bailar a alguno, la invitaban y de ahí zafaba bulto. Cuando sentían, ya se había ido. Los pobres se quedaban con la verga medio parada y con ganas de irla a meter aunque sea en una papaya. Lo cague de risa es que ya la conocían, ya sabían cómo era la pisada. Lo mismo daba. Siempre había algún caliente o dos que caían.

Otra cosa que le encantaba a la Carmen era sentarse con Bartolo. A la par, pues. A mí me dijo una vez que no sabía si lo que le inspiraba Bartolo era lástima o ternura. Usó esas palabras, sin pajas. Yo le decía que se dejara de cuentos, que lo que quería era cogérselo. La pisada se quedaba callada, me hacía ojitos y levantaba una ceja poniendo cara de interesada. En el fondo no quería eso. Lo único que quería era joder al pobre Tolo, con chistes, con bromas pesadas, con lo que fuera. Le decía que un día lo iba a llevar al Salón Amanda, donde trabajaba, para que lo dejaran como nuevo y que si se portaba bien, le iba a presentar a la Lina, que la pobre también andaba necesitada. Tolo movía la cabeza como diciendo no y se reía.

—¡Uuuyyy Tolito! ¡Mirá la cosota que llevás ahí escondida! —le decía mientras le metía la mano entre las piernas y se acercaba para hablarle en el oído—. ¿No querés usarla conmigo, papi? ¡Hoy me lavé bien la cuca! ¿No me creés?

Las carcajadas de la Carmen podían escucharse hasta en la calle. A Bartolo no le quedaba otra que reírse como idiota y decirle, quedito, casi sin volumen, que no fuera así, que siempre con las mismas babosadas, que mejor lo invitara a un su traguito. Los que estaban cerca se burlaban de Bartolo y le decían a la Carmen que lo siguiera chingando, que a ver así un día de estos reaccionaba. Pero la Carmen no les hacía caso. Se les quedaba viendo, seria, y les daba la espalda. Entonces los pisados le silbaban y le gritaban:

―¡Ay, ay, ay, Carmen! ¡Te gusta el Tolo, vaaaa! ¡Aquí está tu mero mero!

Y luego, o casi al mismo tiempo, a Bartolo:

―¡Sólo vos sos, Tolo! ¡Aprovechá, hueco! ¡Aunque sea un su beso dale!

Bartolo, en su rincón, tosía y encendía otro cigarro, o más bien otra chenca, sin voltear a ver a nadie. La Carmen se reía y les sacaba el dedo. De ahí, se empinaba en el mostrador y llamaba a mi padre.

—¡Paco! ¡Me regalás otra cervecita, por vida tuya!

Chela en mano, se daba la vuelta, le pegaba un trago y gritaba:

―Y ya que estoy pidiendo, aprovecho para ver si no tenés un poco de Racumín para darles a estos pisados, vos Paco.

Y otra vez las carcajadas. La Carmen nos contagiaba a todos. Era todo un show la cabrona. No era la única, pero era la que más llamaba la atención, la de más ambiente. Rubia oxigenada, olorosa, tetuda y con un par de dientes de oro que enseñaba cada vez que se cagaba de la risa. Con su Victoria en la mano, le daba una palmadita a Tolo en la espalda y se iba a sentar a donde le hicieran un espacio. Normalmente, los más perros jalaban una silla y le hacían señas. Ella se contoneaba y acaba donde veía más llena la mesa. Eso significaba que ahí había mara con billete, que no le temblaba la mano para matárselo. Bartolo se encogía como un gusano y clavaba sus ojos en su vasito vacío y en las manchas que adornaban el mostrador y la pared donde se recostaba. Luego observaba un trapo con el que mi viejo limpiaba y después un cuadro de San Martín de Porres que colgaba enfrente. Y era como un robot pisado: hacía lo mismo cada vez que era el centro de la chingadera, todos los putos fines de semana. Parecía que eso le ayudaba a pasar el mal trago.

(otro día un poco más...)



El Elegido © Rafael Romero 2008
Foto: archivo personal

26/03/2009

MULAMALA FELIZ QUE TUS BALAS...


¿Usté es panameño, verdá?, me preguntó un don que venía conmigo en el avión y, en vez de meterle un talegazo por ridículo, le dije: Yo soy Rex, Rex Mamey. Con esa “contestación”, aterricé en el cordial y remodelado Ariopuerto mulamalteco, me llené de hormigas el hocico por imitar al Papa besando la tierra que me vio nacer un día, me puse una mi gorra, unos mis lentes oscuros y salí haciéndome toda clase de bestia para despistar a los fotoreporteros de Nuestro Día que se habían enterado de mi arribo y se estaban peliando por una instantánea. Sólo por no ser culero con esos muertos de hambre, me paré e hice como que me amarraba los rieles, para que me vieran. Y empezaron a caer los flashazos, pues. Tienen buen ojo los pisados, pensé. Pero no. La onda era que detrás de mí venía un tal Fabiolita, de La Academia. Con casaca, saqué mi celular e hice como que llamaba mientras la patoja pasaba y los flashazos se iban con ella. Para mí mejor. Eso sí, no pude evitar verla bien y darme cuenta de que está riquita la pisada. Pero lo importante no era un culito famoso sino que por fin, luego de un par de años gobernando desde Mulaña, había regresado a Mulamala y, aunque sabía que tenía que asistir a un vergazal de eventos y actos oficiales, lo único que quería era empezar a poner orden en cuestiones de logística y suministros para celebrarlo. Ya estoy aquí cerotes. Un sms con múltiples destinatarios: Castillo, Botrán, Gran Joch, Tuco, Lipe, Rigo, Richi y un vergo de elementos más.

El tiempo no me cundió como yo quería, pero en un mes y medio pasó un poco de todo. No quisiera hacer alarde de ni mierda, pero bueno, ahí les van algunas de las actividades y reconocimientos en donde el nombre de Rex Mamey ondeó en alto y vibró en más de algún corazoncito: Doctor Honoris Causa en Grado Ultra por Guaqueros Anónimos y la Fundación Rex Buitre Mayor (el día del acto uno de los meseros tuvo la osadía de pedirme que abandonara el recinto debido a los no pocos adornos estomago-biliares que tuve a bien expulsar a petición de los presentes, lo que desencadenó una justa trifulca con resultados favorables para mi persona y no tanto para el susodicho); Orden del Coche Vitalicio y de las Gloriosas Pocilgas y Bebederos por la Cofradía de los Santos Mulamaltecos, friens an famili (dado que el denominador común de mi estacia fue el alcohol y sus derivados y, aunque no tengo el mismo aguante que algunos de mis prójimo-broders de Las Grandes Ligas, el pueblo mulamalteco se pronunció y lo consideró así, dándome un ejemplo de civismo y de cariño que me hizo un nudo en la garganta y me sacó un par de lágrimas. ¿Así cómo putas iba a negarme? Me vi en la obligación de aceptarlo con mucho orgullo y con la frente sudada en alto); Mulamalteco Insigne y Distinguido de las Malas Artes, Muladas y Ridiculeces por los Señores de El Mero Chonguengue (aunque sólo pude juntarme con dos de sus honorables miembros, la emoción fue grande, los guaros efusivos y la cuenta a pagar un cacho elevada, pero puta, los impuestos de los mulamaltecos son los que pagan, así que me van a disculpar pero había que aprovechar; además, había que celebrar que, aunque yo iba vestido de Alfredito —greña afro y toda la onda—, Güilson, un pisado que estaba en el mismo lugar, me reconoció y se acercó, de la mano de su señora esposa, para saludarme y pedirme un autógrafo; me prometió enmarcarlo y ser el primero en comprar la edición impresa de El Muladar, cuando saliera; incluso me dijo que podía conseguir patrocinio: tengo unos cuates que les va bien con una su cadena de carnicerías en toda la Bolivar y la Aguilar Batres, me contó; los tuve que invitar a su güisquilazo).

Además de la Premiación del Concurso El Muladar es así, ¿y?, en donde tuve a bien conocer e intercambiar puntos de vista con algunos de los asistentes (la mayoría mulafans y bolos de rigor) y acabar seriamente perjudicado por los excesos alcohólicos (¿?), fui invitado a bautizos, entregas de niños, quinciaños (mi habilidá para sobornar impidió que me agarraran de mula para que saliera de chambelán), fin de posaditas, acabos de novena, churrascos, alegres quermeses, baratillos, bendiciones de casas, chiniques, cuarenta días, zafarranchos, graduación de comadronas, ensambles de marimba, limpias, inauguraciones de “puntos” y “mataderos”, aperturas de pacas, velorios y entierros, confirmaciones, casorios, etcétera… rico todo, la verdá. Eso sí, no quise reunirme con Colom porque para qué. El pobre está ahí y órale, no le queda de otra. No tenemos nada en común. ¿De qué íbamos a hablar? ¿De “Poder”? En lugar de eso, preferí a los cuates de toda la vida. Y la pasamos diagüevo. Disfruté, más por el asombro que otra cosa, de frases como: ¿Sabés a quién le quebraron el culo? ¿Adiviná quién se fue a caldo, vos? ¿Ni te imaginás quien se fue horrible? ¿Te contaron que aquel pisado que vivía ahí por donde… apareció muerto hace como quince días? Una tarde entera de esquelas en boca de mis cuates. El Obituario Informativo. Y entonces caí en la cuenta de que mi MULAMALA se estaba perdiendo del mapa hueco y estaba dejando que saliera otro territorio, uno más culero: GUATEBALAS.

Y aquí es donde se me revuelve el estómago, muchá. Aquí es donde la sensación de asco se me acumula en la jeta y me dan ganas de echar hasta lo que no me he hartado. Es una mezcla de asco, rabia y lástima, como cuando pensás en el Congreso, en la partida de mierdas que nos han gobernado desde hace años y que andan por ahí como si ni mierda o en la chavita que siempre nos rechazó y ahora anda con algún narco, dándole el culo a los cuates del pisado y a quien la carrocee en un Mercedes del año. Guatebalas es una selva pisada en donde cualquier salvaje hijodeputa hace lo que le sale del culo, en donde la vida vale verga. ¿En qué momento se les pudo meter a la cabeza a estos cavernícolas de mierda que hay que andar por ahí como si estuvieran en una lica de Estiven Sigal? ¡No están en una lica, pisados! Yo tengo mis soluciones, muchá, pero por respeto a la Comunidá Internacional, me las voa reservar. Talvez más adelantito. Como ven, tratando de recordar mi viaje a Mulamala y viendo cómo están las cosas (la ola de violencia ya parece tsunami esa mierda), sólo me sale decir: ¡pa’ qué vergas!, y hasta se me que quitan las ganas de escribir muladas. Por hoy, eso es todo. Lástima que Estalón ya está viejo, si no lo contrataba. ¡Simplemente no hay respetación! Mal sabor de boca, la verdá.

3/03/2009

PENSANDO EN MIS AMIGOS DEL ALMA


Se me ocurre, ahorita que no tengo ni pura mierda que hacer, que una de las condecoraciones oficiales que, como tatascán de lo que es Mulamala, me gustaría proponer (mentalmente ya se le he entregado a algunos de mis allegados) en lugar de esa mierda de Orden del Quecsal (si ni pisto hay para las chelas, mencionar la moneda nacional es un insulto y al ave símbolo hay quirla a ver hasta Baja Verapaz, mejor vayan pasando) es la muchísimo más prestigiosa Orden del Coche. Sí, no se hagan las bestias y levanten las cejas como si no supieran de lo que estoy hablando. En abundancia, el coche vendría siendo como hermano de sangre del mulo y la mula, así que ¡cuantimás! La mierda es que se nos volvería un solo vergueo con lo de los candidatos: hay un pijazo. Sería un galardón del Pueblo y para el Pueblo, no como el otro, el del Quecsal, que si no sale anunciado en el periódico, uno ni se entera. La Orden del Coche, ya de por sí, está íntimamente amarrada (con nudo ciego) a nuestras costumbres más básicas y “milenarias” (para que se suene como si estuviera hablando de los mayas o algo así): tramar, chupar, asiarse y chamusquiar, entre otras. Según el departamento de estadística, TODOS más de alguna vez nos hemos ganado la inscripción en el Tribunal Supremo como dignos “candidatos” a la Orden. ¡Y no me vayan a salir que con que no, con que “depende vos”!

[Hasta me imagino una letanía, para darle un toque más solemne a la Orden, en pleno Acto de Entrega:

Maistro de Ceremomias: ¡Coooooche mierda!
Multitú congregada: Rrrrrruega porrrrr la vieja
Maistro de Ceremomias: ¡Shuuuuuco pisado!
Multitú congregada: Rrrrrruega porrrrr tu madre.
Maistro de Ceremomias: ¡Marraaaaaano hijueputa!
Multitú congregada: Rrrrrruega porrrrr la más santa
Maistro de Ceremomias: ¡Ceeeeerdo cerote!
Multitú congregada: Rrrrrruega porrrrr la más joven
Maistro de Ceremomias: ¡Cochiiiiiino desgraciao!
Multitú congregada: Rrrrrruega porrrrr la más quieta
Maistro de Ceremomias: ¡Pueeeeeerco maldito!
Multitú congregada: Rrrrrruega porrrrr la más desveturada

Las posibilidades de combinaciones son bastantes. Las contestaciones sólo son ejemplos: que cada uno ponga (diga) los suyos de acuerdo a su nivel cultural. El mío, como ven, es pulcro y elevado]

Pues sí. Es que puta, no sólo somos mulas sino además coches, muchá. Esa es la realidá. Más allá de las comparaciones físicas (gordo = coche), eso quién no lo sabe, ya ni siquiera ofende. Doña Ofe compra 5 pesos de pan para la cena y ¿qué hace Selvin, su hijo? Se aplasta a ver Los Sinpsons y se vuela los 5 pesos de pan el coche mierda. ¿Y de güiro? Ja, de güiro era ejemplar el mierda. Nada más empezó a gatiar y, a parte de creer que la tierra de las macetas era pastel de chocolate, se comía las hormigas y los chicles que encontraba tirados o pegados debajo de las sillas. De ahí se aficionó a los jutes, a los gusanitos de las naranjas y al duropor. Siempre hablaba con la boca llena, se tiraba pedos en los almuerzos familiares y, cuando se encerraba a cagar en el baño, se echaba unos eructos que se oían en toda la casa (las dos primeras líneas del himno nacional y los nombres completos de sus tres hermanos los podía decir eructando). Con 10 años quebró a un pisado y a su primo chamusquiando, y a otro le botó dos dientes de un codazo jugando Tenta pajarito. De ser un simple puerquito asalvajado, pasó a un terreno más profundo. Ahora es especialista en mezclar la comida (banano machucado con crema y sal; frijoles duros con sirope y pedacitos de champurrada; etc.), en usar el mismo pantalón de lona dos o tres semanas (sin ni siquiera sacudirle el ruedo) y en tirar todo tipo de basura en donde le ronque el culo.

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En sus momentos íntimos, se quita el sebo que se le acumula en el capote y de ahí se güele los dedos (lo mismo cuando se rasca el hoyo) y se pajea a diario viendo bailar a las putas de Con buena onda o con los catálogos de ropa interior de Avón mientras se toma un su tazón de arroz con leche (reconoce que a veces no calcula bien y de la emoción para salpicando el tazón y de ahí se empina lo que queda) Pela, es mi atol, qué pisados, se ríe. Como diría la Mafer: ¡A la pero qué cochino, osh, qué asco! La última vez que me lo encontré, estaba desparramado en una banca de un parque, con una bolsa plástica negra. ¿Qué cargás ahí?, le pregunté. De todo un poco —me dijo—, probá estas galletitas. Era concentrado de chucho con quetchup. Una vez me contó que por curiosidá probó sus miados (véase: efecto “ahí en la fuente había un chorrito”), sus cheles y su cerumen. A los 17 años contabilizaba 2 litros (sólo él) para ponerse a verga y ahora, a sus 25, con 4 anda coquetón y con 5 ya tambalea. Eso sí, si se cuaja una su hora o dos, de ahí se levanta y sigue como si ni mierda, aunque ya no quiera chela sino guaro. De jueves a domingo. De cochino pasó a reverendo coche. ¡Admirable! ¡Simplemente admirable! ¡¿Qué muchachona no quisiera pasar el resto de su vida con Selvin?! Selvin es, sin querer entrar más en detalles, el prototipo del perfecto coche que encajaría a cabalidá con la Orden del Coche que quiero instaurar en lugar de la otra. Yo creo que es justo y necesario, muchá. En lugar de que sólo un pisado (casi siempre extranjero) se lleve las palmas y los laures, habiendo miles de prójimos nuestros esforzándose cada día por ser los mejores cerdos posibles, como que no muy me llega.

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Y por si piensan que no muy estamos influenciados por la figura porcina (casi igual o más que por la figura mular)… díganme, ¿a qué les suena esto: moronga, longaniza, chorizo? ¿A trama, chupe y chime? Rex no es ningún Leonardo Da Vinchi, muchá, como para andar inventando. De ahora en adelante, quiero sentir ese orgullo pisado por un valor desprestigiado: ¡la porcicultura! ¡Y ay de aquél que reniegue, muchá! Acuérdense que a cada coche le llega su sábado y no hay mal que por bien no venga. Despidámos pues al Quecsal y démosle la bienvenida al Coche, que más méritos tiene y más… ¿A quién le dicen Quecsal de apodo? ¿Y Coche?

¡Ganamos, cerotes!

Pd. La foto es de su servilleta.