
Resulta que el otro día el cerote del Carlos Peña se puso mero terco con que fuéramos a refrescarnos el gaznate a su chante. Yo no quería, porque no sólo andaba algo "perjudicado" (me habían sacado un par de muelas), sino porque tenía quir a trer a mi vieja al mercado y de ahí podar la grama. Me prometió que me iba a presentar a unas sus cuatas sudaméricanas (iba a decir fans pero olió que le iba a sacar la madre) y que sí, que venite, honbre, que vas a ver, que la gran puta. Le dije que me agarrara de maje y acepté. La onda es que agarramos camino para una finquita que le regalaron a aquél en Sipacate, ahora sí, sus fans de él. Al llegar, me di cuenta de que había tres o cuatro carrazos parquiados en la entrada. Unos conocidos míos, presumió. ¿Pero seguro que hay culos?, insistí poniendo cara de más-te-vale-pedazo-de-mierda. Me extraña, Rex, me dijo. Al bajar del BMW, me di cuenta de que Peña iba cagado. Claro, con el aromatizador del carro no se sentía, pero al bajarnos... ¡fuaaaaa! ¿Y vos qué putas?, le dije tapándome la naríz con la playera. Mi mamá hizo coyoles por mi santo y ando con chorrío, cerote. Entró corriendo, supongo que a cambiarse. Yo entré después. Estaba oscuro y olía a mojarra. Me imaginé que íbamos a ver Nerón y las princesas sumisas a los Cápitol. Todo empezó a pasar rápido, como si estuviera programado. Una luz se encendió en el fondo. Velorio se levantó de su catre y me recibió con un apapacho full-aletazo. Tus chistes son una mierda, Rafa, le dije, ¿no te da clavo? Vi que tenía los ojos puspos y que se sonaba los mocos con un cótex. Me contó que andaba de bajón porque hacía media hora lo había mandado a la verga el amor de su vida. Me mandó un telegrama, mirá. Leí: mi hija no lo entiende. hasta aquí romance. rasuré bigote. olvidate de mí. att. alfonsín. Viéndolo ahí todo echo mierda al pobre, sólo me reí un minuto. Uno nunca sabe.
Según pude deducir, Portillo se había hartado de las chingaderas de Velorio y tenía otros planes como todo buen prófugo. ¡De lo que uno se entera, miren ve! Le dije que eso le pasaba por mula y le pregunté que dónde putas estábamos. Ésta es una iglesita que construyeron los Gutiérrez, vos. Diciendo eso cuando ¡click!, se encienderon unos reflectores. ¡Velorio y yo estábamos en el altar mayor! Maliado y sin entender ni papa, me di la vuelta y salí a buscar a Peña, para "acariciarlo" un poco al talega. Abriendo el portón estaba cuando entró Anabella de León (¿hermana de Estela?) como Dios la trajo al mundo. ¿Ónde vas, Rex?, me dijo, agarrándome del brazo. Yo... es que... a ver... Me estaba arrinconando y tratando de jetiarme a lo puro bandido. Unas amigas y yo hemos venido para conocerte, papi, me dijo, entremos, venite, no siás miedoso. Y ahí va el otro de mula, pues. Tocame, me pidió, empinando un poco el cutete. Mientras mi mano temblorosa le exprimía sendas nalgas, Rigo Tóvar empezó a sonar endiabladamente. Anabella se escabulló de mis manos y entonces me di cuenta de que no era una iglesia sino un rastro. Sí, donde matan reses, coches y chuchos. Empecé a andar entre vacas y coches destazados, menéandome eso sí, con el musicón, como que fuera un sirenito, hasta que vi que desde una especie de columpio oxidado brincaba Efraín vestido de cuque, con un delantal todo manchado de sangre y un gorrito como de cholojera. Ya me llevó puta, pensé.
Pasá adelante, vos pisado, me gritó, ¿tenés hambre? Y sed, mi generalísimo, pensé al mismo tiempo que me lo imaginaba bailando aquea de muévelo, muévelo, qué sabroso, muévelo, muévelo, cómo me gusta... ¿El General, no? Me acerqué, levantando el brazo al estilo Jítler. ¿Dónde están los culos, viejo? Degollando a un pobre marranito pinto, intentó no contestar sino más bien abrirme el apetito: Hay colibrí a la plancha, taquitos de puré de nabo, dulce de súchiles y mango con pepita y chile, ¿una chelita? Me zampé dos latas de un sólo, para ver si me ubicaba un cacho. Pero no pasó nada, así que decidí zafar bulto. Bueno, ya jalo Efra, me da naúseas este olor pisado a carne. Aquél no me amenazó con el hachita pisada que tenía ni sacó cuete ni nada, pero me rogó que me quedara. Detrás de una cortina de bambú y conchas se oyó una voz de mujer (como la de La Llorona), llamando al Yeneral Electric. Entrá vos, me dijo, aquea suelta, a lo macho, y le gusta que la chiquiteen. Te presto mi gorrito si querés, para que crea que soy yo. Me rasqué la cabeza. ¿Anabella?, pregunté. No, cerote, es Zury. Pegué un salto de la emoción y casi lo abrazo. ¡Pajas, honbre, ja ja ja, te estoy probando!, me dijo y me metió al cuarto de una patada, cariñosa, claro. Ahí ni señas de Anabella, sus cuatas, Zury, Peña, Velorio ni ni verga. No se oía nada. Luz opaca como de hospital de mala muerte. Olorcito a incienso. Una mesa en el centro. Una foto mía, ya algo viejo, donde me abrazaba una calaca. Un muñeco de pishtones, una bolsita de chirmolito y un cuto. No había silla. Me pusé a buscar. En un rincón, encontré unas cajas. Abrí una. ¡REX, caístes, estás en La mira con K-riño!
Y se encendieron todas las luces. Y empezó a salir mara de todas partes, el equipo técnico, aplaudiendo, cagándose de la risa, y llegó Peña y el resto de los actores (eran dobles, aguántense esa casaca), y mis cuates y la marufia de El mero chonguengue. Y me pidieron que saludara a la cámara y toda la onda. Entonces respiré profundo, me quité la playera y me le dejé ir a Peña... ¡Fue idea del Beto, fue idea del Beto!, gritaba la mara intentanto evitar la desgracia de ver a uno de sus ídolos muerto. Y de ahí, lo único que miacuerdo es que era mi cumple y que por salir corriendo a recibir a mi abuelita, me metí un talegazo en la mula con una maceta colgante. Cumplía 18. Y ahora, la verdá, es que ya no sé ni cuántos tengo ni cuándo fue que pasó lo que acabo de contarles. Pero de que pasó, pasó. Un mi primo no estuvo ahí, pero se acuerda. Pregúntenle.
Besitos guapachosos, jejeje.
Por si quieren leer (o volver a leer) la primera parte, aquí la tienen, en vivo y a todo color.
Pd. La imagen la encontré en Ojo espiral... ¡como anío al dedo!