Que en paz descanse Doña Tomasita Mazariegos y que el Señor… dice el Padre Guayo y, ni siquiera dejando que acabe con la frase, una gritadera, chilladera y abrazadera de la gran diabla explota en el cuartito onde moribundiaba la ruquita y se extiende por el corredor, el patio, el sitio de toda la casa y hasta en las vecindades. Hasta ahí, todo normal, digamos. O sea, así es la vida, pues, no hay diotra. Un ser querido se va a caldo y los demás nos convertimos en Magdalenas (no por gorditos ni esponjosos, no) y nos da por soltar el llanto como si nos estuvieran matando. Eso pasa aquí y en Filipinas. Pero de ahí, a que la pobre doñita… ¡¿descanse en paz?! Eso como que a Rex no muy le queda claro. Primero: por el escándalo antes mencionado; eso, quiera que no, cualquier difunto lo agradece el primer día en la noche, pero el segundo y ya el mero día del entierro, la cosa cambia: a la susodicha difunta le dan ganas de salir corriendo por no haber podido dormir ni una gota desde que el Padre Guayo le roció el agua bendita, guardó en las Sagradas Escrituras un su sobrecito con algo de billete y zafó bulto. ¿Qué paz va a ser ésa? ¡Es como si a un recién nacido le ‘bieran dado cuerda para que chillara dos o tres noches seguidas sin derecho a teta ni a pañales limpios! ¿Quién pisados puede pegar ojo así? ¿Quién ah? Tu madre Rex, los muertos ya no sienten ni verga cuando se mueren, me dice la Lucky. En primer lugar, los que se mueren son los vivos, vos cachetona pisada, le digo. Y en segundo lugar, ¿cuántas veces te has muerto vos, pues? ¿Ya sabés lo que se siente? La gorda de la Lucky se queda callada, como si los ratones le ‘bieran mordisquiado esa lenguota de vaca que se anda echando la muy atarantada. Vos chimar querés, le digo. Ajá, me dice al mismo tiempo que se saca un señor moco de la nariz y, anclado en la uña, lo analiza como si se tratara de una problema de álgebra.
En fin…
Sigamos, segundo: porque para bien o para mal los mulamaltecos todo lo tenemos que hacer fiesta. ¡Todo es fiesta, pues! Lo que se supone que debería ser un acto de aflicción y de recapacitación sobre nuestras terrenales vidas, se convierte en un merequetengue. Los treinticinco familiares se reúnen, más lo primos de los primos y toda la retahíla de los cuates de los cuates y los allegados de los allegados y ¡ni pa’ la vida de la más joven! Las sillas de Alquifiestas de un lado para otro, las carpas en la calle, las bandejas con cafecito y con traguito, y la entradera y salidera de mara que nada qué ver. El olfato por el guaro, los panes con frijolitos voltiados, las cartas y el chisme se despierta en las calles aledañas y la casa de la pobre finada se atasca de todo aquel hijueputal, pues. Aparece el tío lejano (el que jamás se acomidió a visitar a su tía-abuela, porque apenas si sabía que existía) y finge un ataque de tristeza en pleno patio para que la mara se asombre de cuánto quería a la doñita, cuando en realidá el cerote sólo viene a ver si pepena algo de herencia. El primo viendo si le sale algo con la prima allá en el rinconcito, detrás de la pila. Don Cheyo y seis pisados dándole duro a las cartas y carcajiándose por cualquier mulada. Los patojos jugando pelota o agarradera en la calle. Turo y diez pisados libando que es gusto y viendo si sale el ajustón para otro pulmoncito, cigarritos y, de paso, —para los que le entren— algo de “blanco” onde La Patrona. El tío Tavo con otros cuatro o cinco tíos viendo cómo putas salen tablas con lo que dice el testamento de nía Tomasita. Los cuates que no muy muy, entrando tímidamente y no sabiendo ni cómo putas dar el pésame, friquiados por no acordarse de que se dice “mi más sentido pésame” y no “la paz esté contigo”. La Carmen y el esposo de la Chabe, volando güevo en un gallinero. Diez viejas dándole duro a la letanía por aquí y las otras ocho bajándole el cuero a todo y cada uno de los asistentes al magno evento…
Porque… ¿habrá que traer un par de piñatías, unas putas, una marimbita (la Román Hnos. por ejemplo) y decirle a los Gigantes y a los Cabezones que bailen unas sus tres piezas aquí dentro la próxima vez que alguien de la family cuelgue los tenis? ¿Se animarán las Chicas Gallo a amenizar un velorio con algo de quema de pólvora y repique de campanas? ¿Y si en lugar de estarnos aquí encerrados en la casa con el muerto nos lo llevamos al circo? ¿Y si nos ponemos a saltar como en el estadio, al ritmo de “¡El que no salte es muerto! ¡El que no salte es muerto!”? Si yo fuera muerto, me levantaría a darle verga a todos los pisados, a lo macho. ¡Que tu descanse en paz ni qué ocho cuartos! Después del ji-ji-ji y el ja-ja-ja, llega un momento en todo velorio que ya ni nos acordamos quién es el difunto ni qué pisados estamos haciendo metidos en esa casa, que le brincamos a algún familiar porque ya-no-quiere-servirnos-otro-traguito, que pelamos cables y armamos vergueo, que patiamos un par de floreros (por poco nos llevamos la caja de corbata), que nos sacan a pura puntaeverga, que borramos caset y de ahí, hasta el día siguiente, que no nos acordamos de ni verga. Cuando medio nos despertamos, salímos a quitarnos la cruda, nos cuentan la chulada que hicimos anoche y, empinándonos hasta el último culito de chela, salimos con una excusa más o menos como la que me dijo una vez este Toyo:
—Yo sólo salgo a hacer lo que a MÍ me gustaría que pasara en mi velorio, vos. La mara agradecida debería de estar, de que yo deje encargado el chupe y toda la onda…
—Yo sería el primer agradecido, vos —le contestó pasándole el brazo por la nuca.
—¡Cuándo no el coche! ¿A lo macho Rex? —me dice con una de esas miradas estilo Santo Tomás, medio incrédulo el mierda.
—Sí, vos. Siempre se agradece cuando se va a calderas un HIJUEPUTA.
Aún así, Toyo insiste en que sea YO el que lo despida en el cementerio y que consuele a la Lucky, que se queda sola la pobre gorda. ¿Y ustedes qué? ¿Sian muerto alguna vez?
Fotografía extraída de "miar chivo perso anal".