
Antenoche, por culpa de haberme hartado un platazo de piloyes criollos con quesito duro ante la mirada amenazante de mi señora madre, no sólo pasé una noche en calidá de ametralladora, inflando y aromatizando las colchas que es gusto, sino que me costó dormir un güevo. Insomio y pesadillas. La más fric: Rex ganando el Premio Oh Doris Cansa al Blog más Estúpido del Territorio Nacional (y Extrarradios). ¡No que no, pues! ¡Chila mierda! Si Asturias estuviera vivo, se revolcaría de envidia… ¡y con razón!, pensé todo chichudo. Y ahí estaba yo pues, con un mi tacuche negro (casi gris de lo gastado), una mi corbata estilo marimbero (color pitahaya) y unos mis Tritón bien lustrados, escondido entre aquel hijueputal amontonado en el Salón Municipal de Asunción Mita (ahí era, ¿no?). El maistro de ceremonias, uno de esos viejos culeros que se la llevan de intelectuales sólo por haber ganado unos Juegos Florales (prefiero omitir nombres, por mi seguridá y la de mi montañesa, que antier cabalmente me la pincharon), dijo mi nombre, entre dientes. No hizo falta el apellido, porque cuando la mara oyó “Rex” se armó la rebambaramba y casi me llevan cargado hasta el escenario. Yo me opuse, porque mucho colorón. Cuando sentí, ya estaba encaramado en el podio, diciéndole al maistro ése que gracias, que ya podía irse a la mierda, que ahí afuera estaban sortiando dos cenas dobles para ir a hartar a Mapreco, y que se apurara. El viejo, trompudo tu amor, me dio la estatuilla (una especie como de Maximoncito hecho con cáscaras de paterna y tuza) y se hizo a un lado. Yo levanté la estatuilla y entonces volaron por los aires sombreros, brasieres, fustanes, boinas, pañuelitos con encajes, medias, placas dentales, calzones y calzoncillos cagados. La mara lo celebró a lo bestia. La mara enloqueció de la alegría. Se les veía en la cara a los hijos de puta. Se abrazaban, se besaban, coreaban mi nombre y no faltó aquél que se le fuera la mano y tocara más de la cuenta… Mula si no, ¿va vos Ovidio?
Cabal cuando iba a empezar echarme el respectivo espich, vi cómo se me venían encima un par de doñitas (una gorda, cuasi-apaste, y la otra galanota, pero no gorda, con un par de trenzotas pisadas chocándole en las teclas). ¡Chimemos, Rex! ¡Chimemos, papaíto! ¡Huy!, me gritaban las muy bandidas. ¡Ja, para todo mi güevo!, grité y salí despetacado… Entonces sonó el celular en mi mesita de noche. Era Tulio. ¡Levantate vos güevón mierda, ya son las once!, me dijo. Aquí estamos con mi cuñado echando chelas, venite. Aventé a la verga las colchas. Orita llego, no se vayan a ir. En el camino, imaginé por qué me habían dado el premio a mí, o más bien, al Muladar. Por haber tenido la gracia de cambiarle el nombre al territorio nacional (Guatemala) a Mulamala y sus habitantes (guatemaltecos) por mulamaltecos, ¡es lo más estúpido que he visto en mi vida!, oí dentro de mí. Era la voz de Tecún Umán, en un español algo machetiado, esforzándose por hacer alarde de su buena Castilla aprendida en el Valle de Almoronga. ¡No me salgás con esas babosadas vos Tecún, hombre!, pensé, ¿querés saber que sí es estúpido? Y entonces empecé a hablar solo mientras caminaba, como si llevara al guerrero quiché enfrente. Estúpido es que haigan pisados que todavía apoyen al vejestorio ese de La Manita Azul y que tengan el descaro de escupir e insultar a la Menchúpen-ques-gratis, ya no porque sea la Nobel de la Paz-cua, sino por el simple hecho de ser mujer. Estúpido es que le echemos mierda y critiquemos a cualquier compadre que salga a relucir con algo que nosotros jamás podríamos hacer. ¿Cómo el Arjona, el Ruíz y el Peña?, se adelanta a decirme. Ajá, le contesto. Estúpido es que en la tierra que vos defendistes, le quiebren el culo a cualquiera por haber dicho no, por decir la verdá o por un billetío dia cinco. ¿Mirás las noticias?, pregunté. Dijo sí con la cabeza y el penacho. Estúpido es que nos jactemos de “devotos” cuando lo único que hacemos es ir a cargar el Viernes Santo, de goma o todavía a verga, después de haber pasado un Jueves Santo haciendo desvergues. Se encogió de hombros; aquél de religión, naranjas verdes. Estúpido es que nuestros presidentes (Don Justito “Rufus” Barrotes de Oro, por ejemplo) regalen la tierra así como si nada. ¡Adiós Belice! ¡Adiós Quintana Roo! ¿Has oído esa rola?, le pregunté con seriedá de árbitro de fut. No, ¿quién la canta?, me contestó, haciéndose el mula. Nadie, me lo acabo de inventar, le dije.
Estúpido es que hasta la fecha sigamos siendo unos grandes marranos y no haigamos aprendido que no hay que tirar la basura en donde se nos dé la rechingada gana, ni cagar ni andar miando por ahí puros animalitos. Estúpido es que las páginas de sociales y las revistitas aburguesadas le anden güeliendo el culo a la gente que disfruta haciendo alarde de lo chula que es su vida mientras hay un vergo de mara que no tiene qué cagar, o sea, ¡que ni siquiera tiene trama! ¿Te acordás del pistal que gastaron en un grupito de pisados que fueron a pasiar a las Olimpiadas? Tecún se quedó pensativo. Setenta y la madre de millones de quetzales, exclamó maliado. ¡Ves!, grité. Podría seguir, Tecún, a lo macho, la lista es larga como la cola del pajarito que le manchastes el pecho, pero aquí a la vuelta está la tienda del Tulio. Y era verdá. El pobre Tecún se fue desvaneciendo con cara de angustia. De seguro, lo preocupé al pobre, pensé dándole la vuelta a la esquina. Si alguien me quisiera dar el premio que soñé que ganaba, lo aceptaría sin problemas, porque para mí, no hace falta fijarse en pequeños detalles ni sentarse a reflexionar en plan filósofos iluminados ni tanta mierda, basta con que medio le echemos un ocser a la realidá y a los periódicos para saber que si de estupideces se trata, ¡estamos más que hechos! Y si lo que Rex dice o hace aquí es estúpido, ¿qué le vamos a hacer? Echando chelas, no quise contar nada de lo que me había pasado ni le contesté nada al cuñado de Tulio que me preguntó tres veces que por qué estaba tan callado. Por dentro, le dije y recontradije que estaba pensando, que seguía construyendo la lista de la que le hablé a Tecún. Y se me vinieron a la xola muchos políticos, gobernantes, costumbres y tantas mierdas que hacemos los mulamaltecos. Antes de que pidiéramos las tortillas con guacamol y los chicharrones, dejé de pensar. ¡A la verga todo! La chela se me estaba calentando por culpa de mis estupideces.
Disdioy, algo engasado, le escribí una ímeil a Tecún Umán que decía así:
«Recordado Tecún, se me llena el pecho (uno todo bofo y deforme, no como el tuyo) de inmensa alegría al reconocer públicamene mi estupidez sin cura. Extraño hablar con vos, contarte que no soy el único, que mis muladas no se comparan con las reales, que mi mejor cuata preguntó por vos, que no he ganado ningún premio, que dice mi mamá que onde conseguistes tantas plumas para tu penacho, que Mulamala de la Asunción sí existe, como vos, aunque haiga mara que lo niegue. Con cariño, Rex»
Foto cortesía de Guguel Imágenes.